21 de enero de 2014

Amanecer (microrrelato)


Corrí todo lo rápido que pude, como un galgo que acababa de comprender la intención de sus amos. Caí rendido, y sin aliento pasaron incontables horas. En un lento proceso pude sentir cómo crecían raíces de mis patas inmóviles. Entonces creí ser un árbol robusto y sereno. Podía hablar con la tierra y compartir con ella los rayos de Sol y el agua de la lluvia. Me ofrecía sus nutrientes y yo la acariciaba con mis hojas, ayudado por las aves a las que abrigaba. Un día llegaron sierras, excavadoras y mantos de asfalto lapidario para dar paso a una nueva autovía. Fui desgarrado definitivamente. Desconozco cuánto tiempo pasó. Solo sé que, antes incluso de mirar, debía levantar el vuelo. Con las otras aves observé los hermosos paisajes, disfruté las emocionantes artes del cortejo y me entregué a los vientos y sus caídas. Hasta que aquel certero estruendo trajo un silbido que ardía sin remedio. Pasó otra larga noche hasta que desperté entre pétalos que rebosaban color y estambres de delicia escondida. Una tarde fatídica, enredada en juegos de niño que no comprendí, acabé desgarrando parte de mi cuerpo. Ahora solo siento el frescor en mi pie derecho, que asoma insolente y sin sábana. Todo lo demás se fue contigo.

“Que la gota reside en el océano, todo el mundo lo sabe;
pero que el océano reside en la gota, lo saben muy pocos” (verso indio)