13 de febrero de 2014

Ganado

Salió de casa para ir al trabajo. El vecino de enfrente esperaba al ascensor, con el mismo propósito. Que en la fábrica están despidiendo a gente. Claro, no se venden coches. Parón en el segundo: una vecina reclamaba su espacio en el cubículo, camino a la oficina. Que están echando a gente. Que claro, que no se venden coches. Así hasta que la planta baja, tan baja como sus cabezas, les arrojó al mundo para ir al mismo sitio pero separados. Hasta luego. Él, que siempre iba en transporte público, empezó su caminata. Disfrutó la amabilidad de otro vecino que le sujetó la última puerta de la urbanización. No podía saber que solo era amable cuando las acciones de la empresa de coches subían. Gracias. Siguió caminando. Y, como nunca miraba a la cara, la vista solo le alcanzó a ver la camiseta de un chaval que esperaba a alguien: “Who wants to live forever”. La frase le hizo pensar mientras se asomaba, frente a él, el autobús. Aceleró el paso, poniendo los ojos en el autobús tanto como el conductor del coche que venía a su espalda los tenía en el reloj. Si llego tarde al trabajo otra vez, me despiden.

Su última imagen fue la marca del coche pasándole por encima. Ese día no echó a nadie.