21 de septiembre de 2014

El mecanismo del oprimido (ensayo)

Un hombre herido no busca justicia como una pregunta no busca la respuesta correcta. Para saber lo que busca una pregunta hay que saber quién pregunta y dónde está. Por eso, si queremos comprender nuestros actos hemos de mirar las estructuras en las que estamos inmersos. Al final solo se trata de reaccionar desde la posición que ocupamos y de defenderla.

Y es que, para funcionar en sociedad, necesitamos una identidad que nos defina ante los demás. Aquello con lo que nos identifiquemos nos hace ser quien somos y nos dice desde dónde actuamos. Buscamos nuestra manera de vivir la sexualidad, nuestra imagen, nuestra ideología, nuestra manera de expresarnos, nuestras prioridades. Y elegimos condicionados por estructuras heredadas, fruto del sistema económico vigente y sus discursos de legitimación de las injusticias y las relaciones desiguales. No somos libres para elegir lo que queremos ser: elegimos entre lo que existe delante de nosotros y la estructura de fondo no tiene todas las categorías en el mismo nivel. Y eso en cuanto a lo que elegimos, porque lo que no elijamos será ocupado por lo dominante en esa sociedad. Como hace cualquier organismo para adaptarse al medio en que vive, nuestra mentalidad está íntimamente relacionada con las contradicciones que desata el sistema económico en las relaciones entre las personas. La manera de mirar al otro determinará nuestra manera de relacionarnos y el concepto de solidaridad o de individualismo imperante.

Vamos moldeando y haciendo más compleja esa identidad con otras estructuras que nos montamos en nuestro entorno, en las relaciones familiares, afectivas, de trabajo, vecinales, de pareja, de compraventa. Cuando actuamos con los demás, estamos defendiendo nuestra identidad, nuestra posición dentro de esas estructuras. Y, como en la física, a toda acción en un sentido le corresponde una respuesta con la misma intensidad pero en sentido contrario. Al actuar no hacemos sino perpetuar esas estructuras.

Así, hay dos tipos de estructuras: la que estaba cuando llegamos, que no depende de nosotros y estamos obligados a pertenecer a ella, y las que creamos en nuestra relación con los demás. Podemos llamarlas estructura de fondo y estructuras cotidianas.

Ambas esferas, estructura de fondo y estructuras cotidianas, están relacionadas, pero si pensamos que son una sola no vamos a comprender cómo funcionan (cómo funcionamos) y mucho menos vamos a poder combatirlas. Veamos la primera, la que nos encontramos al nacer y que nos sobrevivirá. Hasta la fecha, todos los sistemas económicos han necesitado de grupos marginados, infravalorados e invisibilizados a los que poder explotar. Conviene recordar que en el sistema económico participamos todos, desde el momento que aquello que comemos no ha sido producido por nosotros mismos, la ropa que llevamos no nos la hemos hecho nosotros, nuestra casa se calienta con gas ajeno, la corriente llega previo pago a una multinacional, nuestros derechos están sujetos a convenio y el acceso a la sanidad y la educación no depende de nosotros. Nadie puede creerse al margen del sistema económico y todos somos cómplices de la explotación. Pues bien, en tu sociedad, aquella en la que has buscado tu identidad, hay grupos señalados con un valor inferior al tuyo. De la misma manera, el sistema espera de nosotros ciertas actitudes en ese vasto espacio de lo “no elegido”: lo que uno percibe como presión social sin saber por qué, pero sabe que le conviene cumplir. Si eres mujer has de ser de una determinada manera, si eres hombre de otra, tu trabajo debe ser cualificado, debes tener propiedades... si no consigues este tipo de exigencias sociales, te colocas debajo en relación a los demás. El resultado es la percepción de una jerarquía donde hay grupos sociales y grupos de personas que valen menos que otros y pueden ser tratados peor. Esto lo interiorizamos, con mayor o menor oposición.

¿Cómo distinguimos estructuras heredadas y estructuras coyunturales y por qué es importante hacerlo? Se distinguen en el grado de responsabilidad individual que puedes asumir y es importante porque, de no hacerlo, precisamente, desatamos el mecanismo del oprimido: desatamos nuestra frustración ante quienes creemos que podemos, que no tienen culpa. Puede ser contra aquél que es señalado como “inferior” en el discurso del sistema, puede ser el que menos fuerza tenga en tu estructura coyuntural o puedes ser tú mismo, mediante los mecanismos de culpa y autodestrucción que desates en tu cabeza. Este sentido autodestructivo se manifiesta con fuerza en la actual crisis económica, donde vemos que, sin una herramienta política que canalice las penurias y el sentimiento de culpa por no tener éxito social hacia una vía de cambio político, muchas personas están acabando con su vida.

El mecanismo del oprimido se confunde con actos enmarcados en el racismo, el machismo o cualquier otra categoría magnificada, cuando no dejan de ser actos individuales que se esconden tras esa palabra para evitar la propia responsabilidad. Esas interpretaciones son la excusa perfecta para evadir el problema, ponerlo en un ámbito en el que nosotros no estamos y no nos afecta, y para resolver que, precisamente, no nos afecta porque estamos por encima de ello.

Un “–ismo” precisa de intención por hacer prevalecer una doctrina. Un ejemplo de doctrina machista es cualquier religión monoteísta. En ellas, la mujer debe ocupar un segundo plano. Para ellos es tan necesario como indiscutible. Si proclamasen la igualdad total entre hombres y mujeres deberían abandonar todos sus textos sagrados y refundar todas sus instituciones. Cuando un obispo habla de algo que atañe a una mujer, doy por hecho que es un discurso machista.

Pero tenemos ejemplos cotidianos calificados como machistas y que no lo son. Por ejemplo, esos conflictos espontáneos y comunes al volante. Observas cómo un varón le grita a una mujer, desde la ventana de su coche, “que se vaya a fregar”. Resulta que ella ha hecho una maniobra temeraria y, por esos mecanismos egóticos, considera que es una agresión contra él porque le ha ninguneado. Ese mecanismo egótico lleva a la necesidad de devolver la supuesta agresión... Si hubiera sido negro, le hubiera dicho que volviera a la selva; si hubiera visto una bandera de España le habría dicho “facha de mierda” y si hubiera comprobado que le faltaba un ojo tendría serios problemas por evitar aprovechar esa circunstancia a la hora de generar dolor. El problema de fondo existe: la mujer ha sido invisibilizada y sobreexplotada durante toda la historia de Occidente. Es uno de esos grupos que percibimos “que valen menos”. Pero aquí no hay doctrina posible, solo utilización del dolor de manera miserable, sin importar el pretexto. Es un acto cobarde, pero individual, que debe ser enmarcado en la esfera de esa persona y su responsabilidad individual, sin la grandeza de una doctrina.

Hay otros actos que no son machistas sino que expresan un conflicto entre estructuras o manifiestan la jerarquía de una de esas estructuras. Por ejemplo, cuando un jefe le dice a una empleada algo ofensivo. Como un resorte, hablamos de machismo. Pero al rato vemos al mismo jefe diciendo algo aún más ofensivo a otro empleado, esta vez, masculino. Lo que veo aquí es la expresión de una de jerarquía montada, en este caso, sobre una empresa. A la empresa la viene bien que haya división jerárquica, para que se responsabilice a alguien del azuzamiento a que deben ser sometidos los trabajadores. Alguien que, si no cumple ese objetivo, pueda ser sustituido por otro que sí lo haga. Esta jerarquía funciona con un fin y lo cumple: por eso permanece. Decir que se trata de machismo hace poco en favor de comprender el machismo y las relaciones laborales.

De la misma manera, podemos escuchar a un hombre decir que está en contra del machismo y de la violencia de género, sin saber si lleva toda la vida maltratando de mil maneras a su pareja. Ni siquiera será consciente de ello, ya que lo habitual es que el maltrato se base en la negación del otro y en no tener en cuenta sus opiniones y emociones. El oprimido se siente mejor atacando a quien puede y subordinando a quien puede, con esa ilusión de, al hacerlo, dejar de ser un oprimido más. Y en este caso es su mujer. Sin embargo, en su identidad no aplica en absoluto su vida real. Este es un ejemplo de cómo evitamos responsabilizarnos de nuestros males confundiendo el espacio de esas distintas estructuras, la heredada y la de la vida cotidiana.

De la misma manera, hay vagos redomados que tienen a su mujer haciendo todo en casa y se escudan en que no pueden hacer otra cosa porque han sido educados en el machismo y no lo pueden cambiar. He aquí otro de los males de confundir interesadamente ambas estructuras, la de fondo y la cotidiana.

Con el racismo ocurre igual. Hemos conocido sistemas raciales y actitudes racistas en países como Sudáfrica o Israel. Racismo como doctrina. Legislación según la raza. Echemos un ojo a actitudes denominadas “racistas” en nuestro país. Partimos de que este sistema funciona a partir de la inversión privada, que solo busca el máximo beneficio para el inversor. Es evidente que no hay intención de invertir en mejorar el nivel de vida de las zonas con inmigrantes pobres a cambio de nada. Al contrario, la inversión girará en aprovechar el estigma del gueto para utilizarles como mano de obra barata. Esta circunstancia transmite que la vida del inmigrante explotado vale menos que la tuya.

Pongamos que uno de esos inmigrantes pobres es contratado por un empresario de la construcción, que le paga mucho menos de lo que le debería corresponder. Lo habitual es calificar de “racista” a ese empresario o, al menos, a esa actitud. Pero al empresario le da igual si es inmigrante o no, lo que le interesa es pagar menos salario. La riqueza de este hombre depende de rebajar los costes de producción. Más que de un acto racista, se trata de un acto “capitalista”. Si, por ejemplo, le subvencionase el Estado para que contratase a jóvenes nacionales o a mayores de 45 años por mucho menos dinero no tendría ningún inconveniente en hacerlo. Ocurre que, si digo que es racista, ese problema ya no es mío porque yo no soy racista. Aunque invierta mis ahorros en esa empresa constructora o sea uno de los beneficiarios de esa construcción. Por más que queramos creer que no somos parte de la explotación, es un hecho que vamos al mercado a consumir los bienes producidos en otras partes del mundo por trabajadores de otras razas en condiciones de esclavitud. Que nos beneficiamos de precios baratos por este motivo y optamos a puestos de trabajo dignos en la administración, distribución, publicidad y mantenimiento de esas empresas.

Hasta aquí estamos dibujando la estructura de fondo. Cómo unos quedan relegados más abajo y otros más arriba en la percepción social. Mientras para nosotros ese trabajador solo sea un trabajador explotado tendrá todo nuestro afecto y solidaridad. Pero si el único contacto se da una noche en que vuelve borracho en su coche y le da un golpe al nuestro, fácilmente será un “guachupino de mierda”. Y no creemos que los ecuatorianos pobres deban ser tratados peor pero aprovechamos esa estructura heredada para resolver nuestro problema individual culpando al otro y siguiendo fuera del problema. El sistema nos marca una jerarquía de fondo, y nosotros dibujamos las nuestras. Lo deseable sería que estuviéramos atentos a ambas y nos hiciéramos responsables de nuestros actos.

Estados Unidos es el mejor ejemplo para el tema del racismo. Allí tenían africanos negros como esclavos. Ese interés económico legitimó un discurso e incluso una legislación según la cual los negros debían tener menos derechos. Hoy esa distinción se ha reducido mucho y el racismo es algo menor. No debemos hablar de un sistema racial, como antes, y sí que podemos abrir paso a esta teoría de las estructuras: los conflictos con componente racial ya no dependerán necesariamente de una doctrina que obedece a un interés, sino que puede mirarse si esos comportamientos obedecen a estructuras inmediatas, coyunturales, con mayor responsabilidad individual.

Hace poco multaron a una mujer, en un estadio de fútbol, por hacer gestos racistas a un jugador negro del equipo contrario. El jugador acababa de meter un gol a su equipo. Calificar de racista ese acto me parece igual de pobre. Una persona que necesita sentirse parte de algo y solo lo encuentra en el equipo de fútbol de su localidad. Un deporte que, a juzgar por su sobrepeso, no habrá practicado nunca y supone más bien el ocio fácil para una mente sin inquietudes propias. Que cuando su equipo recibe un gol se siente dolida. Que necesita devolver el dolor. Que lo hace contra el jugador que marca el gol, aprovechando el color de su piel. Adjudicar a semejante ser, en semejantes circunstancias, una doctrina es otorgarle demasiado y de manera muy inmerecida.

Con la violencia política ocurre lo mismo. Es evidente que hay sistemas injustos, perpetuados por estructuras jurídicas y uso de la fuerza. La violencia política tiene sus orígenes y sus causas. Pero aquí me interesa esa tropa que se apunta a la violencia política, que aprovecha que se haya creado en su ciudad una estructura violenta. En España tenemos un buen ejemplo. En Euskadi se creó una organización armada con la intención de responder con la fuerza a la negación del sentimiento nacional. Mantuvo alrededor de un 15% de apoyo popular. A la vez, en el resto del Estado siempre ha habido grupos fascistas, dada la herencia del régimen. Pues bien, ¿cómo explicamos que en Euskadi, desde que se creó ETA, los fascistas se cuenten con los dedos de una mano? Las organizaciones tienen sus orígenes y responden a conflictos políticos, su crecimiento también, sus contradicciones... Pero no demos, a los que se apuntan a ello, la grandeza de quien tiene una ideología y aspira a trascender en la lucha política. El mundo etarra estaba plagado de cazurros tanto como lo está el mundo fascista en el resto del Estado. Y esto responde más a la necesidad de huir de algo en tu propia vida que a la necesidad de sacrificar tu vida mediante la lucha armada por amor a tus compatriotas.

Dándole la vuelta a las doctrinas, ¿de qué vale proclamarnos anarquistas, comunistas, cristianos, budistas o cualquier otra vía de elevación del espíritu humano, si a la primera de cambio nos aprovechamos de quien podemos aprovecharnos o desatamos nuestra frustración con quien creemos que podemos hacerlo?

Este texto pretende ser un alegato para la responsabilidad individual. Una batalla más en la guerra contra el aprovechamiento del más débil. Una reflexión sobre las consecuencias de nuestros actos cotidianos. Un cuestionamiento de las etiquetas utilizadas para evitar asumir los males que provocamos. Una invitación a observar tus propias redes afectivas y comprobar si es así como quieres que sigan siendo.