3 de octubre de 2014

Lur

Tenía yo once añitos y bajaba con mi perra en el ascensor. La ansiedad y la ilusión dando vueltas en dos metros cuadrados. En un momento dado, el ascensor paró. El señor del segundo, aunque con menos ilusión que Lur, también iba a la calle. Y como queriendo contagiar su entusiasmo, se abalanzó sobre él. Yo le pegué un grito y le amenacé con la mano, para que no molestara. Se echó para atrás y el señor me dijo, amable, "no te preocupes, no pasa nada. Yo tuve una perra, parecida a ésta. A los trece años se murió. Y a veces me pregunto si pude haber hecho más cosas con ella. Alguna excursión más, porque no conoció el mar... y si la regañé demasiado..."

Esa noche, cuando mis padres se fueron a la cama, me levanté y me fui a su colchón, en el salón. Dormimos abrazados y lloramos juntos.