10 de octubre de 2014

Apocalipsis

Palabra enigmática, terrible y hermosa. Según la mitología, Calipso era una ninfa que tenía el don de hacer olvidar. Homero cuenta cómo consigue retener a Ulises a su lado durante años. Y con el prefijo “apo” los griegos usaban esta palabra para hablar de “salir del olvido” o “reencontrarse con la realidad”.

Reencontrarse con la realidad es, casi siempre, marcar un punto de no retorno: a partir de aquí ya nada puede ser igual. Mi primer apocalipsis llegó cuando tenía siete años. Una niña un poco mayor que yo esperaba ser ayudada al otro lado de la tele. Había quedado atrapada entre los restos de su casa, derrumbada por un movimiento de tierras en Colombia. Durante tres días el mundo miraba a esa niña que iba a morir. Todos quisimos a Omaira y hoy nos duele su imagen tanto como en aquellos días. ¿Por qué yo sí y ella no? A mí también se me cayó la casa encima y me arrastró el lodo de la vida ajena, imparable, indiferente. Siempre hay algo contra lo que no puedes luchar. Un volcán, la pobreza, el olvido. Que a la vida no le importe si es justa o no. Ella se quedó en nuestra memoria. Quizás para poder digerir, sin ser arrastrados, el dato que decía que, como Omaira, hubo 25.000 muertos en Armero.

Poner una cara, nombrar y empatizar para poder pensar que no está todo perdido. La capacidad de verse en el otro es lo único que dignifica nuestra existencia depredadora. Pero esta no es una cualidad innata y el miedo puede hacerla desaparecer. Hoy mismo hemos sabido que ha muerto un niño, de nombre Saah Exco. Tenía diez años y su familia había muerto de ébola. Deambulaba por las calles de la capital de Liberia porque no le trataban en unos hospitales colapsados. Nadie quería tocarle ni acercarse a él y ha muerto solo. No se me ocurre una mejor imagen del tiempo que vivimos: un niño que muere solo, rodeado de gente. No, el niño no somos nosotros, nosotros somos lo que queda sin ese niño.