16 de junio de 2015

Aita

Es cierto que nunca nos llevamos bien. No te puedo culpar por ello, porque tampoco conseguí llevarme bien conmigo mismo. Al fin y al cabo tengo treinta y siete años y sigo solo. Como diciéndole al mundo que me quiero tanto que solo puedo hacerme daño yo. Y a estas alturas uno sabe muchas cosas. Por ejemplo, que la violencia es solo un atajo del miedo. Y que el viejo gruñón que nunca dio un abrazo a sus hijos llora cuando, ataviado con uno de esos reciclados pijamas de hospital, piensa en su nieto de tres añitos. No te quiero culpar de cómo eras como no te quiero querer por el hecho de ser mi padre. Pero sí hay una cosa de la que quiero culparte: de que no me dieras respuestas ni cuando veías que me ahogaba en preguntas. Estabas más preocupado por dárselas a los presentadores de la tele. Muchas respuestas. Casi todas. Pasara lo que pasara, teníamos que saber que tú tenías casi todas las respuestas.

Y ahora te veo sin ellas. Se han ido. Ya ves, el presentador de la tele sigue siendo el mismo. Y él tampoco tiene tus respuestas. Yo las mías ya no las quiero. Solo quiero seguir escuchando las tuyas. Las que quieras. Sin ellas me siento al otro lado de la tele.