19 de abril de 2014

Sir Charles

Tal día como hoy murió Charles Darwin. Él era creyente hasta que comprendió cómo funcionaba la vida. Su propio conocimiento le fulminó y le convirtió en odioso mensajero. Una carta que le escribió su mujer recoge con crueldad y ternura la condición humana. Le rogaba que abandonase sus afirmaciones, que la ciencia no podía explicarlo todo y tenía que haber algo más. Él escribió en el reverso, como un tesoro que consiste en no ser desvelado, "cuántas veces he llorado con ella". No podemos imaginar la soledad en la que vivió el grande y a la vez pequeño Charles.

La vida no se creó para nosotros. No somos pequeños dioses. No nos dirigimos a un paraíso donde esperan todos nuestros anhelos. Somos la vida tanto como lo es una bacteria, y toda la vida está emparentada y tiene un origen común. El heroísmo no existe en la naturaleza. El azar actúa siempre. Y no sobrevive el que es mejor, el más noble, el bueno... sino quien ha heredado un material genético que se desenvuelve mejor en el medio en que vive... No hay progreso lineal hacia nada, solo adaptación.

Nuestro heroísmo reside en esas lágrimas vertidas. En saber lo que sabemos y, a pesar de todo, ofrecer nuestra mano para seguir adelante.