8 de abril de 2014

Seguramente

Empezó a sospechar mientras iba al servicio. Un trayecto tan corto como una excusa. La realidad es que le hubiera resultado insoportable permanecer junto a sus compañeros. No estaba acostumbrado a gestionar un triunfo. No estaba acostumbrado a gestionar nada si no era en solitario.

Caminaba controlando la euforia, para que no se notasen sus ganas por soltar la presión. Se conocía lo suficiente para saber que no estaba preparado para algo así. Esperó a cerrar la puerta para decirse, a sí mismo, con una mezcla de extrañeza, alegría e incertidumbre, que eran ya demasiadas cosas. Primero, la vecina del tercero regalándole los buenos días con su enorme sonrisa. Después, haciendo callar desde su coche al idiota del BMW. Manteniendo una inédita actitud amenazante consiguió que le pidiera perdón por esa maniobra que casi le saca de la carretera. El whatsapp de su amigo para quedar hoy, sin pedirle nada. Y ahora, delante de ella, el jefe le dice que están encantados con su trabajo.

Tenía que estar soñando. Miraba su cara feliz ante el espejo. Y con la risa desatada y sin los miedos de siempre empezó a darse divertidos pellizcos. No estaba soñando. No era eso. Simplemente había perdido el control. Y se sintió mejor que nunca porque ese control jamás le trajo nada bueno.