26 de marzo de 2014

Reflexión sobre la violencia

Se habla estos días de “violencia” como la respuesta a la falta de vías para el cambio. ¿realmente vale de algo la violencia?

Definamos primero “violencia”. Si es el empleo de la fuerza para conseguir algo, abrimos un terreno muy amplio: ¿cuándo no estamos usando nuestra fuerza? ¿no está toda relación con los demás subordinada a estructuras desiguales heredadas tanto en el ámbito familiar, laboral, contractual o en las relaciones afectivas? ¿tenemos con alguien los mismos recursos en conocimientos, tono de voz, capacidad de expresión, contundencia o posición desde la que hablamos? ¿nos relacionamos desde la misma necesidad, ya sea de amistad, deseo sexual, intención de obtener un determinado beneficio o, simplemente, de quedar por encima desde aquello con lo que nos identificamos?

Si el vecino macarra tiene más fuerza que el vecino bajito y le dice que va a utilizar parte de su plaza de garaje porque no le gusta maniobrar, está usando la violencia física sin llegar a ejercerla. Pero también está usando la violencia si no le dice nada y se aprovecha de su carácter complaciente y huidizo. Uno no va al banco a pedir un préstamo o una hipoteca “de igual a igual”: el banco siempre aprovecha su posición de fuerza para establecer intereses, comisiones y cláusulas abusivas. Eso es violencia. También es violencia una huelga laboral, en cuanto se trata del uso de la propia fuerza, la unión de los trabajadores como fuerza de producción, para dar una sacudida al sistema entero, paralizándolo para exigir cambios en su propio beneficio. Violento es que, con seis millones de parados, estés obligado a aceptar un trabajo indigno con sueldo de miseria. En ninguno de estos casos se ha utilizado la agresión física. Ha bastado el uso de la propia fuerza cuando descansa en una posición más favorable. Y, siendo violencia en todos los casos, no estaría mal distinguir cuándo es para hacer prevalecer un privilegio o cuándo para reivindicar lo justo, como ocurre con las huelgas laborales.

Se podrá decir que “violencia” es solo coacción “física”: dar una paliza es violencia física. Pero echar a la calle sin indemnización y sin subsidio a un trabajador es negarle el sustento para su propia alimentación, hundir su nivel de vida... y ésto es una violencia física más duradera que una paliza. En el caso de mi vecino, del banco, de aceptar un sueldo indigno... ¿hubiera cambiado algo que se hubiera impuesto por la fuerza física a haber sido aceptado con la fuerza de las distintas posiciones?

Todas las estructuras sociales nacieron del enfrentamiento físico por los recursos, porque jamás un grupo social ha cedido sus privilegios “por las buenas”. Por eso no ha habido nunca un cambio social sin el uso de la violencia física. También las opciones pacíficas han descansado sobre formas de violencia: Gandhi no se dió en el vacío… se dió en un conflicto eminentemente violento en el que se aprovecha de la violencia anterior, al presentarse como una forma de continuar la misma lucha por otros medios. Y, si bien no utilizó la fuerza física, utilizó la coacción de la huelga de hambre, que no deja de ser una amenaza de muerte (y nada menos que la muerte de los representantes del movimiento). Martin Luther King Jr. promovió la “no violencia” precisamente contra los métodos violentos que le precedieron. Paradójicamente fue asesinado, llevando al tema al punto crucial: no se trata de los medios utilizados, sino si están funcionando o no. A Luther King le estaba funcionando sin violencia, y sus detractores no encontraron otro medio de neutralizarlo que la violencia.

Tanto Gandhi como Luther King triunfaron porque su reivindicación era clara: el fin de la ocupación británica y el fin de la segregación. Un ejemplo de método violento que no ha funcionado es el que ha tenido ETA todos estos años. Su método era la violencia, pero su reivindicación era nada menos que la independencia de siete territorios a lo largo de los estados español y francés, y además, “el socialismo”. La independencia ya es difícil y poco clara, pero “el socialismo”, al menos el prometido por los socialistas marxistas, no ha podido ser establecido en ningún país del mundo, como para ser establecido en un pequeño y aislado país sin tradición socialista. Es de destacar que la mayor actividad y el mayor apoyo a ETA se dio, precisamente, cuando las opciones políticas de izquierda en el resto del Estado abandonaron sus horizontes utópicos y firmaron acuerdos para entrar, como una fuerza más del mismo sistema, en los mismos ayuntamientos, comunidades y juntas. El crecimiento de ETA no solo reflejó el apoyo a la violencia sino, sobre todo, el derrumbe de la vía política como método de cambio.

Los años 30 en España nos recuerdan el dilema “democracia” vs “violencia”. La situación del país era de enfrentamiento social extremo entre privilegiados y condenados a la miseria. Para mí, este esquema ya es violento. Cuando llegaron las elecciones, alguien creyó que el resultado del voto popular iba a evitar el derramamiento de sangre. Pero el hecho fue que la izquierda no iba a permitir jamás un gobierno que contase con los fascistas (1934) ni la derecha iba a permitir un gobierno que contase con los comunistas (1936). Hoy, no nos engañemos, seguimos exactamente igual y, antes o después, volverá a pasar lo mismo.

Este país fue llevado a una dictadura de derechas por la victoria militar, y el régimen resultante se mantuvo por la fuerza. Incluso las reformas que liquidaban al régimen se instauraron desde arriba en un proceso vigilado por las intactas fuerzas del franquismo. El resultado, plagado de violencia, es un sistema clientelar donde grandes fortunas (a través de las más diversas empresas), partidos, sindicatos e Iglesia católica se reparten la riqueza nacional por usurpación o por “comisión de gestión”. Aquí es donde, en los últimos meses, hemos vivido varios momentos llamados “violentos”, que motivan este texto. Y no me refiero a los miles de desahucios, a los despidos en empresas con ganancias o a la represión policial en manifestaciones. Sino a imágenes como un policía siendo agredido por decenas de jóvenes encapuchados o la lucha, utilizando disturbios callejeros, del barrio de Gamonal intentando frenar la intención del alcalde de malversar dinero público. En el primer caso, el triunfo de la violencia física ha consistido en cosas tan poco conectadas con la raíz del problema como hacerse con un casco policial para el recuerdo, llevar a un joven a la cárcel por tentativa de homicidio y la amenaza de una multa millonaria para los convocantes; en el segundo, los vecinos se salieron con la suya y el alcalde tuvo que retirar su plan.

También hemos visto cómo la violencia consiguió expulsar al presidente de Ucrania, que estaba ahí arriba con la legitimidad de las urnas. ¿Sirve, entonces, la violencia? La violencia, como la no-violencia, la paz, la huelga o las manifestaciones, solo sirven para conseguir un objetivo si tienen una clara reivindicación detrás.