10 de enero de 2016

Bombas

Toda época necesita su miedo. Y nuestro mundo decadente solo tiene espacio para la muerte y el fin del mundo. En el cine y en las series conviven el humor más simple y el dilema de salvar a la humanidad de todo tipo de amenazas. En las noticias asoma la bomba de Hidrógeno. Un país lejano, otra amenaza.

Bombas traen los combatientes de las nuevas empresas apocalípticas, bombas prometen nuestros gobernantes como respuesta, estalla una bomba emocional ante la imagen del niño sirio pasando hambre de todo, menos de bombas. Bomba despido, bomba lista de espera, bomba que trae el resultado de las Elecciones...

Pero la bomba H nos pone a otro nivel. El conocimiento humano utilizado para arrasar con toda vida existente, sin hacer diferencias. Conocemos muy poco de nuestro cerebro, no sabemos relacionarnos entre nosotros y despreciamos sistemáticamente al resto de vida del planeta. Pero sabemos forzar una explosión que consigue arrasar vida a la temperatura del núcleo del Sol, que es la madre de toda la vida del planeta. Los griegos tenían muchos menos datos cuando teorizaban sobre los átomos. Y no se les ocurriría pensar que, controlando la reacción de los átomos, se podría destruir todo alrededor. No hay creación sin destrucción como no hay avance sin miedo.

Dicen que las células empezaron a juntarse por el desamparo de la propia existencia. Algo así como un “tengo miedo” primigenio, un “no puedo yo sola” hizo que una célula se acercara a otra y ambas compartieran energía y capacidades. Amar para sobrevivir. Hoy que somos organismos compuestos de miles de millones de células en perfecta armonía seguimos diciendo, de una manera o de otra, que solos no podemos.

Pero hay células que se desvanecen sin encontrar a las otras. Corría la mañana del 9 de octubre de 2012 cuando una pequeña de apenas cuatro años era encontrada sin vida en las aguas de Melilla. El “tengo miedo” que Europa no quiere oír. La temperatura del núcleo del Sol. No sabemos por qué ninguno de los salvados alertó esa noche al equipo de salvamento de que faltaba una niña por recuperar. Y a día de hoy nadie ha reclamado el cuerpo de la pequeña de gorro azul. El color de nuestro planeta. Quizás por miedo a preguntar, quizás por la ingenuidad hacia un mundo que nunca reservó para ella más que el silencio de las células abandonadas. Nuestro silencio.