16 de enero de 2015

El equilibrio más difícil (otro microensayo)



Somos seres sociales. Si no actúas ante los demás te vacías de contenido. Necesitas ganar un  espacio tuyo en un entorno. Y desde ahí obtener un significado propio que mostrar y defender ante los demás. El verdadero nacimiento es cuando uno gana esa posición respecto a los demás. Solo entonces puedes elegir. Quedarte donde estás o buscar algo nuevo. Y que decidas una cosa u otra dependerá de algo muy sencillo: la compensación. Si te compensa quedarte, por lo que tienes seguro, te quedarás. Te entrarán los nervios y el cuerpo te pedirá justificar la inacción, dejar las cosas como están. Ver lo bueno de lo que tienes y los riesgos de la nueva posibilidad, para no cambiar nada. La cobardía no existe, es simplemente que no nos compensa cambiar. Y la valentía tampoco: si te compensan las expectativas del cambio, antes o después, te lanzarás.

Hay una tercera opción, que se queda a medias: renegar de lo que eres. Sucede cuando lo que te compensa es quedarte en un lugar imposible para que otros se ocupen de lo tuyo. Interesante detalle: solo puede ocurrir si cuentas con que otros pueden ocuparse de lo tuyo. Porque nadie vive deprimido sin que otro se ocupe de lo suyo. Las personas que no saben lo que es la sobreprotección o tener a alguien que les “haga las tareas” no se deprimen. Pensar de más y abandonarte a la negación y al miedo es la manera de querer seguir con lo mismo pero sin esfuerzo. Es una excusa más, como demuestra el hecho de que empeñarte en buscar explicaciones o regodearte en las tristezas que te rodean no cambia nada de lo que no te gusta ni tampoco te hace actuar distinto. La realidad es que vivir es una obligación. Y morir, con su olvido, también. Nadie puede escapar ni de ésto ni de sí mismo. 

La vida sí tiene sentido, otra cosa es que ese sentido no nos guste. Si te pregunto si eres una silla me responderás que no eres una silla. Tu vida tiene un sentido propio y es tarea de cada uno encontrarlo. Es lógico que no nos guste la vida por cosas como que no es justa ni da segundas oportunidades. Al fin y al cabo, nadie eligió vivir. Y lo que tenemos, realmente, no es fruto de nuestra lucha, sino de lo que otros han luchado por nosotros, por dotarnos de capacidades. Somos el fruto de la lucha de otros y nuestra vida es su resultado. Sí, somos una construcción. Hay quien dirá que eso quiere decir que nuestra vida está determinada de antemano. Quizás solo quiere decir que toda pregunta tiene una respuesta. Que todo es explicable. Como la respuesta que vas a dar: o está predeterminada o no es tu respuesta. Todo ello nos lleva a pensar acerca de qué somos realmente cada uno de nosotros. Si aprendemos y asumimos por asimilación o estímulos, si solo funcionamos por compensación. ¿Qué hay de “mí” cuando hablo de mí? ¿Hay algo “propio” en la existencia de uno? Ni nacemos ni nos hacemos: nos traen al mundo y nos hacen. Y el espacio donde estamos es siempre una cuestión de todos. 

Eso sí, una vez configurada nuestra razón de ser, nuestra individualidad, aparece algo que solo nos corresponde a nosotros: la capacidad de elección.

En primer lugar, hacia nosotros mismos, con el cuestionamiento de lo que nos han dicho que somos y lo que debemos hacer. El bien y el mal no existen como absolutos de los que participen las formas de vida. No hay absolutos. Eres tú quien debe decidir con qué te quedas. Pero si no te esfuerzas, tu criterio en realidad no será sino el resultado de tu propia compensación. Antes de elegir con qué te quedas, primero debes comprender esto. El bien es lo que tú consideres positivamente y el mal es la destrucción de lo que has considerado. El mal no es nada por sí mismo, solo es un “anti-“ lo que hayas pensado. Por eso no tiene valor. Es una manera más de huir de tu realidad.

En segundo lugar, el cuestionamiento del entorno. Necesitamos interactuar en el espacio común para existir pero, a la vez, en ese espacio común no cabe el vacío y tiene su propia dinámica, que nos puede convertir en lo que no queremos ser. La mediocridad ocupa un lugar en todas las sociedades y, si no caes tú, caerá otro. No está claro que se pueda construir una sociedad donde se erradique la mediocridad. Probablemente solo cambiaría de forma. Bien mirado, una sociedad sin contrarios es una sociedad estática, es decir, muerta. Y los contrarios te permiten elegir.

Elegir es vencer la compensación, adueñarnos de ella, de su dinámica y obligaciones externas a nosotros. Y que nunca se disipe la duda de si estamos siguiendo nuestra propia decisión o si solo respondemos a los estímulos externos.