10 de enero de 2015

La excusa sexista



Mi tía hablaba el otro día de lo “quejicas” que son los hombres. Mucho más que las mujeres. Los hombres perdemos el culo cuando pasa una mujer atractiva, somos infieles, no hacemos las tareas del hogar... Ya. Personalmente me fastidia esa adjudicación de cualidades mirando la entrepierna. Porque no nos engañemos, no se trata de “género”: se trata de adjudicar cualidades por pura genitalidad. Nadie hace un estudio a una persona para saber su género. Dice “tiene bigote = hombre”, “tiene tetas = mujer”; si se llama “Manolo” es el hombre y si se llama “Ana” es la mujer. No creo en la perspectiva de género. Habiendo tantas realidades distintas en las que viven hombres y mujeres distintos, la perspectiva de género me parece buscar teorías para aplicar sobre la realidad, y no buscar en la realidad para conseguir una teoría. La mitad de la humanidad es masculina y la otra mitad femenina. La perspectiva de género pretende hablar de “un” hombre y “una” mujer y después aplicar esas conclusiones en función del sexo. Me suelen criticar que “sexo” y “género” es distinto. Y respondo “díganme un caso en el que “sexo” y “género” no ha coincidido. No es que sean lo mismo, es que se utiliza a la vez como causa y como efecto. Están en las dos partes de la ecuación. En la premisa (sexo) y también en el resultado (el concepto de género, previamente moldeado). Una trampa efectiva pero que yo no puedo tragar.
 
¿Qué hay detrás de una afirmación sexista? Generalmente, autoafirmación. Cuando mi tía decía que los hombres son unos “quejicas” no había hecho un estudio sobre la masculinidad, se estaba refiriendo a su marido. Ella no se queja y su marido sí. Punto en la batalla del matrimonio.

Mi hermano intentaba dar luz a esta situación argumentando que las mujeres, al tener la regla, tienen que lidiar una vez al mes con el dolor, y eso les da un umbral del dolor un poco más alto. Interesante. Pasamos al tema de los falsos silogismos: Si A =  B y A = C, entonces B = C. Aquello de “si los niños que comen mejor son más altos y los niños que comen mejor son los que sacan mejores notas, entonces los niños más altos son los que sacan mejores notas”.

Mi conclusión sería que las personas que están acostumbradas al dolor tienen un umbral de dolor más alto. Pero no que las mujeres tienen un umbral de dolor más alto. La mayoría de las mujeres con fuertes dolores menstruales tendrán un umbral del dolor más alto a la media, exactamente igual que las personas con cualquier tipo de dolor crónico, o que realicen un trabajo físico extenuante o los deportistas de élite... ¿qué tal “las personas obligadas a un sacrificio periódico tienen un mayor umbral del dolor”? Para todo lo demás, hablemos de “perfiles”, de comportamientos asociados a un contexto. No es lo mismo un padre que lleva treinta años de casado, que se ha jubilado manteniendo intacta esa idea de que él ha llevado el dinero a casa y ya ha cumplido en todo, que un padre joven recién casado y con otros valores o un joven soltero sin hijos o un viudo o un abuelo solitario en el pueblo... Una mujer que mantiene las tradiciones familiares en un entorno rural no es lo mismo que una mujer que vive sola y tiene un buen puesto de trabajo en una ciudad, ni que una mujer casada, con un trabajo y sin hijos, o una mujer que tuvo que ponerse a trabajar muy joven por alguna desgracia familiar o una joven atrapada en las chorradas de la pseudo-cultura que percibe en la mediocridad de los mass media.

Otro ejemplo sobre la nocividad de los falsos silogismos. Un amigo me decía que todos somos racistas y usaba como argumento que nunca dejarías tu casa en alquiler a un negro. Tenemos que preguntarnos a fondo por qué no lo querríamos, sin quedarnos en la mera apariencia. No es por el hecho de que sea negro. Es por cosas como que tenemos miedo a lo que no conocemos (ahí el temor hace el resto: ¿y si es otra cultura y me llena la casa de negros o pone música tribal hasta las tantas...), el temor de que se vuelva a su país o se vaya a otro (es alguien al que le presuponemos desapego hacia el lugar donde vives y con alguien de aquí no nos lo plantearíamos), porque es una minoría y está más expuesta a no tener trabajo o tener pocos ingresos, o tenerlos por vías ilegales. En definitiva, hay muchos temores hacia dejar de cobrar el alquiler o a que se utilice tu casa de alguna manera que no te guste. No es porque defendamos una doctrina racista. ¿Y si fuera una mujer negra? La cosa cambia. Otro silogismo nos llevaría al machismo. Y seguramente el factor sexual influirá en muchas cosas, pero también influirá ese ideal que nos dice cosas como que una mujer no va a querer solucionar nada por la fuerza o la idea de que será más sensible y dialogante para cumplir su compromiso. ¿Y si es un negro o negra con dinero y perfectamente instalado en esta sociedad? No creo que siquiera saliera el tema del racismo.

Parto de que, al nacer, nadie tiene una orientación sexual adjudicada.  Durante años vivimos en la inocencia absoluta, sin filiaciones y sin prejuicios. No hay niños-macho y niñas-hembra, hay “niños” sin distinción de sexo. Y hay “mayores” no sexualizados: el niñ@ sabe qué puede esperar de cada uno. El silogismo nos llevará a la conclusión que queramos sacar. La persona que más atenta y sensible estará con el niñ@ probablemente
sea una mujer. Pero habrá otro montón de mujeres que no tengan ninguna intención de asumir ese papel y muchos hombres que estarán deseosos de asumirlo.

El niñ@ crece y, en la medida en que vaya teniendo protagonismo con el entorno tiene que ir definiendo su imagen. Tiene que posicionarse a partir de lo que percibe en su entorno. Ya no solo hay “niños” y “papás y mamás”... empieza a haber personas autoritarias y personas dialogantes, personas que se acercan y se preocupan y personas que no quieren saber nada del resto, hay izquierda y hay derecha, hay religiosos y no religiosos, divertidos y sosos... el pequeño tiene que ir configurando su propia imagen para vivir en sociedad. Al fin y al cabo, interactuar con los demás es defender la idea de ti que proyectas sobre ellos. Tu identidad ocupa una posición en el tapiz social y desde esa posición piensas y reaccionas, te justificas sobre lo que haces y lo que no haces.

Tu orientación sexual es parte de esa construcción social que da forma a lo que eres. Como con lo demás que vas eligiendo, te quedarás en el lugar donde estés más cómodo, donde esté más cómodo todo lo que has hecho y lo que no has hecho. Donde esté más cómoda la imagen que tienes de ti mismo. Eliges tu identidad sexual con cosas como la manera de vivir tus deseos, la manera de expresarte y la imagen física que muestras a los demás.

La imagen ideal de lo masculino y lo femenino que una sociedad hereda y ofrece es necesariamente antagónica. Hoy prevalece la masculinidad como fuerte, con iniciativa, protectora... y la feminidad como delicada, frágil, de formas suaves, complaciente. A lo largo de la historia, como ocurre con toda lucha de contrarios, esto ha tenido una función, aparte de la biológica reproductora que ocurre en todas las especies. Las sociedades se estructuran en torno a un sistema económico y la unidad familiar, que no era importante en los tiempos de la esclavitud, pasa a ser clave en el feudalismo. Las familias pobres vivían en la propiedad de los aristócratas terratenientes. De lo que producían, lo mejor iba para el señor, y el resto para ellos. Cuantos más hijos tuvieran, más brazos para trabajar la tierra. La mujer pobre quedaba relegada al hogar y los hijos. Las familias ricas basaban sus privilegios en los derechos dinásticos y el papel de las mujeres aquí quedaba relegado al de esposa transmisora de linaje y, aunque en otro plano más despegado, también madre. En el capitalismo, el trabajo asalariado pasa a ser la base del sistema. Es en la plusvalía que el propietario arrebata al asalariado donde radica la explotación y perpetuación del sistema. Aquí es donde los “-ismos” se tambalean. Sí, la mujer ha sido históricamente explotada y puesta en una posición inferior respecto al hombre. Pero en las sociedades capitalistas occidentales, allí donde hay clase media, ha alcanzado cotas de libertad a la altura del hombre. Además, hay mujeres capitalistas (propietarias y rentistas) que son explotadoras exactamente igual que los hombres capitalistas. Como la explotación se basa en reducir el salario, las doctrinas dejan de ser usadas como “absolutos”, como categorías de la vida humana para todo tiempo y lugar. Hay pretextos, pero no nos engañemos: bajo criterio económico. Da igual el pretexto para establecer mano de obra barata. No hace falta legitimación para que un empresario español utilice un edificio en ruinas en Bangladesh con varios miles de trabajadores hacinados. Solo tiene que ofrecer los empleos. Hay fábricas esclavistas por todo el mundo. Hay aprovechamiento de minorías inmigrantes por todo el planeta. No se trata de racismo, sino de capitalismo. El racismo es una excusa, el capitalismo no. La división sexual del trabajo existe: culturalmente, se asignan trabajos no cualificados a los géneros femenino (limpieza, cuidado de mayores) y masculino (mozos de almacén y trabajos físicos). Hay grupos de edad marginados para el empleo (mayores de 45 años), hay mujeres que ganan sueldos exorbitantes por mostrar su belleza en los medios –algo que al menos hace cambiar el concepto de machismo “explotador”-. Al capitalista le da igual a quién le tenga que pagar menos, solo quiere pagar menos. Si el estado le subvenciona la contratación de minusválidos, contratará minusválidos, y si le subvenciona la contratación de mujeres o inmigrantes, eso será lo que ocurrirá. La fórmula “beneficio = ingresos – costes” puede con cualquier otra consideración.

El género lo construye nuestra interacción con los demás. Uno no sabe que es un varón hasta que no ve a una mujer y viceversa. Lo que ocurre en nuestra relación con el género opuesto es determinante para definir qué tipo de mujer / hombre seremos. Ya digo que no creo que el género explique nuestros comportamientos. Antes del género están los “tipos de persona” donde encajamos hombres y mujeres. Tengo más en común con muchas mujeres que conozco que con muchos hombres que conozco. Y tampoco creo que las relaciones de pareja puedan ser explicadas desde el género. Veo que en las parejas hay roles que se asumen desde cada uno de los miembros y que uno se explica con el otro y viceversa. Esos roles a veces son ocupados por el hombre, otras por la mujer, indistintamente. Hay infinidad de factores. Todos conocemos a personas que están con alguien inseguro y parece que eso es lo que les hace falta para sentirse seguras y cómodas en su existencia, porque admiten haber estado enamoradas de otras personas o no dudan en cometer infidelidades. Hay quienes, al contrario, necesitan alguien con un temperamento fuerte y liderazgo. Depende de cosas como haber asimilado el patrón de comportamiento que han visto en su propia familia o, precisamente, rechazarlo. El caso es que no considero tampoco que un hombre actúe siempre igual en una relación de pareja por el hecho de ser “el hombre”, y lo mismo sobre “la mujer”.

Ese tipo de razonamientos solo puede mantenerse con falsos silogismos. Como cuando me tengo que dar por aludido porque me dicen que una mujer no tiene miedo al compromiso y un hombre sí. O cuando me dicen que yo gano más dinero que ellas, o que a mí me hacen más caso por ser hombre o que yo no sufro por mi físico y no siento presión sexual. Creo que quien vuelca sobre mí –el sexo opuesto- estos prejuicios realmente me habla de alguien con quien ha tenido una mala experiencia y que la quiere arreglar conmigo. Quiere reafirmarse en que lo hizo bien y dejar la responsabilidad de lo que no salió bien en la otra parte, en el otro sexo.

Ocurre que se habla de “género” como si las mujeres fueran víctimas de los hombres. Aquí podemos recopilar otra infinidad de silogismos. He leído cosas como que “los hombres tienen el dinero” o que “solo los hombres tienen el tiempo libre” para acceder a la cultura. Recuerdo el caso de una madre soltera que me hablaba como “experta en género” porque cursaba un master sobre género. Resulta que no había ido a ninguna clase porque “no tenía tiempo”, al cuidar de la niña. Y que se quedó embarazada de un idiota al que confundió con el “hombre de su vida”. Desde luego, es más fácil culpar al sexo opuesto que asumir los propios errores. Tenemos que saber cuándo solo se trata de no asumir la responsabilidad de nuestros actos.

Me interesa el tema de la presión social. Nos hablan de la dictadura de la estética que hay sobre las mujeres. Sin embargo, muchas mujeres hablan de lo bien que se sienten cuando se ven guapas, y muchas más de lo liberador que es escuchar públicamente a una mujer hablar de lo mucho que “le pone” un tío atractivo... Y busco el lugar éticamente correcto, igualitario, y el único que se me ocurre es “que cada un@ haga lo que quiera con su cuerpo”. ¿Quién soy yo para decir a una mujer que no debe ponerse tacones? ¿No sería yo machista diciéndole al otro sexo lo que tiene que hacer? Cada un@ es dueño de sus deseos, y todos vienen de algún sitio. No quiero saber cómo practicaban el sexo los hombres y mujeres del paleolítico.

Nos dicen que las mujeres tienen esa presión sobre la estética y los hombres no. Parece que la idea es que, si un hombre no se pone minifalda, entonces no hay presión sobre el hombre. Y lo que hay que hacer es buscar dónde está la presión. Si el ideal de lo masculino y de lo femenino es antagónico, la presión social ha de ser simétrica: con la misma intensidad, en dirección contraria. Desde pequeños se fomenta en las niñas el lloro como medio para que se les haga caso, mientras a los niños se les presiona para que no lloren. Así se configura una manera de enfrentar los problemas ante los demás. El chantaje emocional femenino es el correspondiente a la solución por la fuerza masculina y viceversa. Y quien solo quiera ver una de las dos, miente. Como miente quien vea que las adolescentes llevan minifalda pero no que ellos tengan que parecer gorilas; quienes ven la presión en que ellas busquen formas delicadas mientras ellos son “tontos” porque hablan a gritos y se pegan todo el rato para ver quién es más “machito”. Que las adultas tengan que querer a un solo hombre pero no que, si no te “follas” a las mujeres que muestran interés hacia ti eres un “flojo” y un “maricón”. Que un tío hable de las tetas de una mujer y no que una mujer hable de la importancia del tamaño o de la falta de virilidad. Que es presión hacia la mujer que muchos hombres quieran tener a su lado a una mujer más atractiva que “la de los otros” hombres... pero no que esa necesidad en esos hombres es otra presión social. El pavor a la impotencia que respira esta sociedad, la imagen de hombre de éxito como hombre con poder, con un coche mejor que el del vecino... Creo que este ideal de hombre es en gran parte causante del aumento de la homosexualidad. Al aumentar la libertad de opción ha aumentado el rechazo al “hombre” tradicional en favor de otras formas de ser y de sentir la sexualidad.

Para ello, las nuevas tecnologías han ayudado a abrir la mente porque compartimos distintas miradas. A toda época de “abrir la mente” le corresponde un foco de reacción ultraconservadora pero, a grandes rasgos, se avanza en tolerancia. El mito del hombre viril, tosco y dominante sexual ha sido reemplazado por una variedad de opciones masculinas. Incluso entre los propios hombres no pasa nada si se proclama la homosexualidad y el gusto por aquellos deseos adjudicados tradicionalmente a las mujeres. La reacción homófoba es, precisamente, resultado del miedo a esa apertura. El miedo del que ha crecido con el ideal de macho alfa pero ve más cerca que nunca la opción de la homosexualidad, en las antípodas de su propio ideal, no solo erótico, sino como base de su propia identidad. Cada vez es más fácil encontrar a una mujer que vive como quiere, saltándose el modelo de mujer frágil, obediente y complaciente y cada vez es más fácil ver hombres homosexuales. Cada vez es más difícil creer que “los hombres” tienen cualidades innatas como que “las mujeres” tengan las suyas. Adiós, silogismos. No olvidemos que, antes de nada, somos personas creadas por personas y con capacidad de decidir nuestros comportamientos.