21 de agosto de 2016

Olimpiadas

La idea de las olimpiadas nació en la Grecia antigua. Cada cuatro años celebraban diversas pruebas deportivas con participantes de las distintas ciudades. Y mientras duraban los juegos se daba una tregua a todos los conflictos entre ellas. El mundo de hoy no tiene esa deferencia. Al contrario, los Juegos Olímpicos son un gran escaparate de nuestro mundo tal y como es. Los juegos nos enseñan a la pequeña Shang Chunsong, una gimnasta china cuyo cuerpo lleva la huella de la desnutrición infantil y que quiso ser la mejor para costear el tratamiento que cure a su hermano, que su familia no puede pagar. Pero también a los cinco niños de papá estadounidenses que denunciaron haber sido atracados para esconder que estaban armándola tipo “Resacón en Las Vegas” por las calles de Río. Nos muestra el bailecito que se marcaba el haltera de Kiribati cada vez que levantaba la pesa. Luego supimos que era un circo con el que llamar la atención de la situación imposible a la que se enfrenta su pequeño país debido al calentamiento global. Quizás el más aclamado ha sido Bolt, cuyas capacidades físicas son únicas en esta especie, pero uno es tan grande como el enemigo que elige y apenas podemos imaginar la gesta de Kimia Alizadeh Zenoorin para llegar a ser la primera medallista iraní. Leímos con estupor que la clavadista Ingrid de Oliveira echaba de su habitación a su pareja femenina de salto para dedicar la noche anterior a su clasificación a un participante brasileño de remo. No pareció importarle quedar última y acabar la amistad con su compañera. Todo lo contrario de la velocista saudí Kariman Abuljadayel, que hizo historia al quedar séptima en los 100 metros. Ella no pudo separarse de su familiar varón en toda su estancia en Río y debió esconder todo su cuerpo durante la prueba. Tampoco usó ninguno de los 450.000 condones que la organización proporcionó a los participantes. Aunque para condón, la enorme malla de policarbonato que se extendía sobre el yate de 6 estrellas que cobijaba a los equipos de baloncesto de EEUU y les protegía de las balas y del resto de participantes, no vaya a ser.

Con todas sus fronteras en pie, el mundo sigue siendo ese mar de fueguitos que decía Galeano.