8 de marzo de 2016

Sábado

Es un sábado cualquiera. Émil decide escapar de la monotonía y, como uno de esos hámsters que por fin salen de la rueda, cierra la puerta de su casa y se ve en la calle. Es la calle de siempre, pero nota que ahora el aire es también suyo. Y el tiempo. Y que él decide por dónde va a seguir caminando.

Necesita sentirse libre y reclamar su porción del mundo. No ha decidido qué va a hacer porque va a surgir sobre la marcha. Quizás encuentre una interesante exposición. O una obra de teatro. Recuerda con entusiasmo la última obra que fue a ver. Fue con sus padres. Romeo y Julieta. La Compañía Nacional de Teatro utilizaba la música de la Michael Nyman Band como banda sonora. A Émil siempre le ha gustado más observar desde el anonimato que sentirse en el escenario. Y así se dirige por las calles que no ha transitado antes, esperando lo que le ofrezca la ciudad.

Se ha metido en la zona más conocida. Conocida por los demás, claro. Se cruza con turistas de dentro y de fuera del país. Personas que pasan un día especial por un sitio nuevo. Émil sigue caminando, observando y contemplando monumentos en los que no había caído antes. Edificios, calles, mimos, músicos. Los diferentes barrios. Un teatro llama su atención y observa la programación. Quizás la obra que empieza dentro de dos semanas.

Cuando lleva otro buen rato caminando se le ocurre parar a tomar algo. Probablemente, un café. Y así aprovechar la pausa para decidir por dónde seguir. En su lado de la acera aparece un local muy cuidado. Es una zona cara pero precisamente por eso espera encontrar lo que busca: que no haya mucho ruido ni mucha gente. Que pueda seguir pensando solo y que siga disfrutando de la calma y la contemplación.

Hay que bajar unas escaleras. Una chica muy agradable espera para saludar a los clientes. Vaya, piensa. Es un restaurante. ¿Uno solo, verdad? Y una sonrisa inmensa. Émil no sabe disimular. Por un momento piensa en salir corriendo porque la pregunta y la sonrisa le han abordado en su isla de la serenidad. Ese lugar donde las palabras se han ahogado y, a las pocas que siguen vivas, hay que acercarse a pescarlas. Está buscando la caña. Pero no tarda en desistir y finge que su intención era entrar a cenar en ese local que, efectivamente, parece bastante caro.

Le asignan mesa y se pone cómodo. Qué remedio. Otra chica se presenta, le deja la carta y se lleva la sonrisa. Gracias. No entiende la mayoría de los platos, aunque estén escritos en su idioma. Otro chico, de buen ver, está tomando nota en una mesa cercana. Émil se pone a leer la carta como cuando estudiaba. Le falta subrayar las ideas principales: el “cocarroi” es un entrante con verduras, el “wagyu” es de ternera, lo que lleva “crab” en el nombre es cangrejo, “kötbullar” son albóndigas...

La muchacha que le trajo la sonrisa le toma nota con mucha amabilidad. Tanta que a Émil, que no está acostumbrado a este trato, le llega a resultar molesto. Entonces siente la reacción de ella, que procura separarse un poco para no incomodarle. En ese momento entra en calor. Ya no está en la isla. Es un valle entre preciosas montañas. Émil es del norte y tiene sus preferencias. Al fondo nota el deshielo pero, aquí, la temperatura es muy agradable. El sonido del río preguntando qué va a beber. Vino, vino blanco. Ya que nos hemos puesto. Va a tocar tirar de tarjeta de crédito de todas las maneras. Los destellos en el agua de sus preciosos ojos verdes.

Está solo en la mesa. O quizás no. Está pensando en la simpática camarera. Imagina que le está diciendo que intenta escapar de su monotonía. Que no le va bien en el trabajo. Que tiene a la madre muy enferma en casa y hoy, por fin, ha llegado el relevo de uno de sus hermanos. La única mujer de la que está enamorado vive felizmente con su marido. Necesita ver algo distinto, algo nuevo. Sentir que él también puede descubrir algo y sentirse parte de ello. Aquello de mojarse bajo la lluvia. Oh, no... se descubre sonriendo. Solo. O eso creen.

Es ella. Con el entrante. Que aproveche, dos palabras con tal suavidad que se pierden donde Émil quiere. Gracias, apenas audible. Ahora tiene delante cuatro rollitos que se supone son vietnamitas y un platito con lechuga y unas hojas que parecen ser menta. Ya estamos. Seguro que hay un ritual que todo el mundo sabe menos yo. Mira alrededor y comprueba que hay dos mesas más esperando el primer plato. Quizás en alguna empiecen con lo mismo. Émil saca su móvil con interés, como si acabara de recibir un whatsapp. Esto va para rato. Cualquiera diría que espera una importante actualización de su broker. De hecho, se siente igual que cuando pasó por la zona de ejecutivos de la ciudad. Donde nadie mira al otro si no es para intimidarle y quedarse con su alma. Que su amiga simpática les lleve este mismo entrante, por favor.

Aparece la camarera y, lo que se dice rollitos, no lleva. Si supiera lo que va en esos platos lo diría, de verdad. Émil decide esperar a que los ojos verdes no ronden su sitio para hacer desaparecer uno por uno. Sin dejar de mirar a todos lados. ¿Habrá que comerse la lechuga? La lechuga siempre se deja. Además, no está aliñada. Empieza metiendo como puede una hoja de menta en el rollito. En unos segundos ha destrozado el rollito y se ha pringado las manos. No puede ser. Esta gente tiene que ser más elegante comiendo. Para el segundo se come la hoja de menta antes del rollito. Demasiado fuerte. Trata de compensar con un trozo de lechuga. A palo. El tercero lo sujeta con un trozo de cada verde y le parece lo más sensato. Por un momento, le gustaría que apareciese la camarera para que le viera. ¿Lo estoy haciendo bien, eh?

Ahora se siente paseando con ella por el bulevar que hace un rato le ha resultado tan agradable. Con ella parece más amplio aún. Y sigue contándole. Es que nunca he ido a restaurantes caros. Y tampoco conozco la cocina asiática. Ya sabes, los rollitos de siempre son los de primavera. Los de los chinos. En realidad es que nunca he sido demasiado sociable. Ni he tenido muchas novias a las que invitar a sitios así. Creo que tenía miedo. De qué, no lo sé realmente. De todo un poco, supongo. De llenar demasiado espacio. Que luego se va a quedar vacío. Un vacío que estarás obligado a llevar contigo. De no ser capaz de hacerlo bien. Y eso también lo vas a llevar contigo. Como ves, siempre he sido muy inseguro. Y de eso la culpa la tiene mi padre. Por su carácter y por cómo nos trataba. A mí lo que de verdad me gusta es contemplar. Observar lo que ocurre. Y luego contármelo de otra manera. Que me lleve a la calma y a aceptar todo lo que no me gusta.

Hola, perdona que interrumpa tus pensamientos. Su risa. Ahora es el niño que entraba en la tienda de chuches, repleta de figuras hechas con nubes de azúcar. Piruletas de mil colores, caramelitos con la forma de todas las frutas, ositos de goma, tiras de regaliz, pica – pica. Te traigo el plato fuerte: el Rouladen. Sonrisa. ¿Qué tal los rollitos? Perfectos. Que aproveche. Gracias... ¿Sabes? No quería haber entrado aquí. Pero me alegro de haberlo hecho.

Ojalá hubiera podido decir esa última frase.

Seguro que tiene novio. Como siempre. Las chicas guapas y simpáticas tienen novio. Y será también guapo y simpático. Y no se pondrá tan nervioso. Grandullón, con una de esas mandíbulas que tienen los guaperas de las pelis americanas. Con pelo, claro. Mucho pelo.

Ahora caminan por una de esas calles estrechas, antiguas y bastante descuidadas a las que Émil cayó, sin quererlo, una hora antes. Lo de la calvicie es por la epilepsia. La maldita medicación tiene ese efecto secundario. Todos los días, una pastillita. No, no, desde la adolescencia no volví a tener ataques.

No se ha enterado pero se ha comido todo ese montón de ternera y bacon. Cuando le pregunte la persona con la que se piensa, le dirá que todo era delicioso.

¿Tendrá alguna enfermedad? ¿Alguien a quien cuidar? ¿Dónde se esconderá cuando tiene miedo? ¿Cómo pelea contra las tinieblas que la acechan? Y ¿cuáles son esas tinieblas? Está atendiendo a una mesa que cae a su derecha y no le quita ojo, ensimismado. Cuando se gira, quizás porque se siente observada, ha cruzado su mirada con la de él.

Se siente mitad cazado, mitad encantado. Ella no parece darle ninguna importancia y sigue su recorrido por las mesas. La suya no es la siguiente.

El plato está vacío y el cuchillo cruzado con el tenedor a la mitad del plato. Hola, ¿ya hemos terminado, no? Sonrisa. Sí, y todo estaba perfecto. Ella mira a las mesas de alrededor. Él también. Y se da cuenta de que todos van muy elegantes. Ella le mira y sabe que le ha entendido, sin mediar palabra. Vuelve a sentirse entre montañas, tumbado a su lado. Un Sol que no quiere molestar, una brisa que quiere empujar adelante y nada más, la corriente que acompaña e invita al movimiento. ¿No querías estar aquí, verdad? Y otra sonrisa. Un sonido sordo de paredes que caen sin remedio. La desnudez que habla: ¿Y cuándo elegimos dónde estamos? A la camarera le gusta la respuesta. Y susurra Este sitio es horrible. Y tú no eres como los demás. Escalofrío.

No sabe cómo va a pedir la cuenta. Se ha sentido especial. Ha sentido miedo. Le gustaría dejarlo todo en un “Hasta luego” con su mejor sonrisa. Dejar la puerta abierta pero no pasar. Un sudor instantáneo al pensar qué ropa interior llevaba hoy. No te flipes, se dice. Se siente bien, que no es lo mismo que dentro. Y otra vez usa el comodín del móvil.

No quiere incomodarle. A su paso, deja cuidadosamente la bandeja con la cuenta y una toallita limpiamanos. Ahí te dejo la cuenta, dice, tuteando pero guardando las distancias.

Sale despacio hacia la puerta. Está buscando el contacto visual a cada paso que da. Finalmente, ella le mira. Hasta luego, dice con su mejor voz y su mejor tono. Intenta poner su media sonrisa y hace una especie de guiño... Buenas noches y muchas gracias. Émil sube las escaleras hacia la calle.

La calle es más ancha que antes. Por lo demás, es un sábado cualquiera.