14 de julio de 2015

La depresión del verano



Recuerdo momentos de angustia existencial desde niño. Puedo recordar con nitidez una clase de gimnasia, corriendo por el patio del colegio en pleno verano, cuando algo me hace interpretar que todo es una representación, algo predeterminado donde nada vale más que nada. Todo es neutro y previsible y sigue su curso para encontrarse con la nada absoluta. El sentirme ahí me oprime el pecho y me pone nervioso... más cuanto más quiero salir de esa sensación. Pero, siendo un niño, uno acaba confiando en que algo vendrá. Esa sensación la he tenido muchas veces después. Con el tiempo, uno va sabiendo que nada vendrá y cada vez las preguntas son más puntillosas. Y cada vez la realidad más doliente, a pesar de todo.

Una de las grandes cuestiones apunta al “cuándo” aparece una crisis existencial. Si surge por algo que no va bien en ti para alejarte de esa realidad o es por algo que empieza a ir bien hasta darte vértigo y traerte dudas para renunciar y volver al estado anterior.

Por un lado, está la cuestión social como desencadenante. Ante una decepción con una persona querida, un grupo con el que te identificabas o simplemente unas expectativas frustradas, tu cabecita te mete en un atolladero para evitar actuar sobre la realidad. Por ejemplo, a mí hay veces que me da miedo pensar que el bien y el mal no existen sino como meros convencionalismos impuestos por la mayoría por puro interés. Sin embargo, cuando llego a esa conclusión me siento mal. Y el hecho de sentirme mal es una manifestación de rechazo, de tomar partido: no quiero que sea así y esa sensación expresa una lucha -que intuyo no es mía- por dar significado al concepto “bien” y conseguir que nuestra existencia tenga un sentido apacible. Pienso que somos huérfanos de Dios porque nuestra cultura se construyó en torno a Él como el Creador del que emanaba la Bondad y que ahora ya no está. Que ese espacio lo ha ocupado la competitividad ruin y el sálvese quien pueda en los que se basa este sistema económico. Y mi conclusión es que esa batalla por encontrar absolutos apacibles realmente no puede estar aislada en una cabecita. Somos seres sociales y en lo social no hay respuestas válidas sin los otros. La batalla por el bien empezó con los primeros seres humanos. Y si estamos aquí y tenemos estas capacidades, estas dudas y todas las ideas desarrolladas que tenemos es, precisamente, por ellos. Esa batalla por el significado, por dignificar lo que somos a pesar de todo, es la que se manifiesta en cada momento con los demás.

Por otro lado, sí reconozco algo que no tiene que ver con ese lugar que ocupas en tu proyección de los demás, que son igual que tú. Dado que nadie puede saber por qué existe algo en lugar de nada, por ahí pueden colarse un montón de cuestionamientos acerca de lo que nos hace ser lo que somos. Desde esos cuestionamientos uno puede mirar su propia existencia en medio de la libertad absoluta de un universo infinito y sentir miedo. Puede cuestionar las certezas de la realidad que le rodea como convencionalismos de una época y quedarse flotando en una existencia que nadie, en realidad, ha deseado ni pedido. Llegar a un punto en que de repente nada vale nada en medio del silencio del Cosmos. Esa crisis existencial te puede anular por completo y puede hacer ver tu alrededor como algo ajeno hasta no poder soportar tu propia existencia, lo cual va por un camino distinto al de la cuestión social. Eso sí, sin ser fruto de la realidad social de tu momento, sí creo que el tormento por no tener respuesta al misterio de la vida es una cualidad del ser humano.

Tanto en lo social como en lo individual, creo que deberíamos dejar de vernos como “seres” humanos y empezar a vernos como “ser” humano. Somos un verbo que lucha vida a vida por su propio significado en un universo indiferente donde no hay segundas oportunidades. Sagan decía que somos el Universo mirándose a sí mismo. Y creo que nuestra culminación como especie es conseguir ser el Universo mirándose en los ojos del otro.