13 de junio de 2014

Especies

Me miró extrañada. No es habitual andar persiguiendo a un bichito torpón, de los que hacen un ruido molesto con ese caparazón grueso, loco por seguir una luz que quizás solo es un reflejo. Le solté al otro lado de la ventana. No tenía por qué ser su final. Verás, el bichito ni siquiera tiene noción de sí mismo, ni siquiera sabe que existe. Y acabar con su vida por mi comodidad o por estética me convertiría en algo que no quiero ser. Si me pica o me muerde, pues habrá tenido más valor mi acto. El dolor es la medida de todas las cosas. Creo que actuamos siempre por interés. En este caso, porque me siento mejor ayudándole. Sin embargo, me atormenta pensar que hacemos el bien por interés tanto como podemos causar el mal por interés. Por eso, la opción dolorosa es la que quiero seguir.

Mira, aquí está, la cita de Pessoa: “Nunca amamos a nadie: amamos, sólo, la idea que tenemos de alguien. Lo que amamos es un concepto nuestro, es decir, a nosotros mismos”. Pero ella me miraba y yo me empeñaba en colgarme de ella. Su sonrisa, sus ojos llevándome de un lado a otro, sus movimientos de mano... y, a cada segundo que pasaba, Pessoa tenía menos razón. Pessoa, yo, el bichito. Lo correcto, lo incorrecto...

Allí estaba yo, sabiendo por fin lo que era, y rogando porque no me matase.