Corren las seis de la tarde. Un joven rumano, con su voz grave al móvil, se acerca a leer un papel a la puerta de una casa. No es una oferta de trabajo, es una nota con letras infantiles que caen en el papel sin entender de líneas rectas. As visto a mi perro? Se llama Lur y se a perdido. Si lo encuentras, vive en esta casa. Gracias.
A esas horas Lur ya ha sido varias bolsas de plástico a merced del viento, una masa rocosa blanca entre maleza y las piernas de una señora mayor caminando entre matorrales. Y por supuesto, otros perros corriendo por el verde, sin preocuparles lo que pasa alrededor.
Un perro muerto. Algo así me parece escuchar a unos críos que se juntan en la pista de fútbol. Miro al fondo, que hay un bulto grande y blanco al pie de la valla. Tampoco.
Ya he recorrido todo el pueblo y he salido a la carretera nacional buscando señales de atropello a un animal.
Me llaman. Lur ha vuelto a casa. Está contenta y parece que quiere contarnos muchas cosas. No puede escribirlas en una nota de renglones torcidos pero no parece importarle. Con soltar el mensaje a su modo, le basta.
29 de diciembre de 2016
22 de diciembre de 2016
19 de diciembre de 2016
15 de diciembre de 2016
Inventario
Tengo
un libro prestado,
un reloj parado en un adiós
a bocajarro
y un paisaje precioso
que guarda una foto
disparada por tus ojos
13 de diciembre de 2016
Sueñan
Sueñan dos gatos en el tejado,
como un doble check grisáceo,
la noche y su eco
de corazón deshabitado
12 de diciembre de 2016
Música
Dos arañas acarician las teclas de mi memoria
en vano intentan tejer la calma en mis acordes
pero me basta, hoy, con tenerte así
en vano intentan tejer la calma en mis acordes
pero me basta, hoy, con tenerte así
Microcuento 2
De vez en cuando, la tilde hacía sonar mal la palabra
como venganza por haber sido colocada lejos de su amada tónica
como venganza por haber sido colocada lejos de su amada tónica
9 de diciembre de 2016
Pintada
Lo bueno de echarte de menos es que lo pinto todo con tu nombre.
Lo malo es que yo pinto muy mal.
8 de diciembre de 2016
6 de diciembre de 2016
Mejor mañana
Tantas cosas sin hacer,
la cama, una lavadora,
colocar en mi pasado
un adiós con tu nombre...
5 de diciembre de 2016
Mi refugio
Anido entre tus ramas que me salvan
del goteo punzante de la duda,
acarician mis carencias y mis faltas
son cariño en las entrañas de la vida
4 de diciembre de 2016
Sin previo aviso
Sobrevivieron unas cuantas mariposas
de vez en cuando aletean un recuerdo
que se estrella
en la pleura de mis imposibles
3 de diciembre de 2016
2 de diciembre de 2016
1 de diciembre de 2016
Tormenta
Cada palabra golpeaba mis ventanas
y se juntaba con las otras cayendo,
empezando esta noche que no acaba
¿Qué hora es?
Estoy en su mirada color atardecer. A veces visito esas horas que se han ido, a veces soy su noche temblando sobre la piel
29 de noviembre de 2016
Invierno
Sabes que es invierno cuando tus pensamientos emigran hacia cálidos recuerdos y el rocío se posa en el último nombre que cayó de tu rama
28 de noviembre de 2016
Microcuento
Se miraron. Y esta vez la alegría dio una sombra nueva: ambos sabían por qué iban a morir.
27 de noviembre de 2016
Guaridas
La veía en todas partes. En la chica que subía al autobús. En el coche que aparcaba en una calle que nunca era la suya. En el aire que acaricia las heridas de la noche, que ya no era su noche. Un día la vio saliendo de la compra. La puerta se cerró y pudo verse, solo, en el cristal. Comprendió lo que era una relación desigual y decidió guardarla en un bonito recuerdo con su nombre.
26 de noviembre de 2016
25 de noviembre de 2016
24 de noviembre de 2016
La paz de los muertos
Cuando apareció
me desarmó por completo.
Ahora que se ha ido
no tengo nada que defender
23 de noviembre de 2016
Lloviendo
La lluvia disimulaba una preciosa lágrima y así, entre la gente, empezó el camino de su soledad.
Construcción
Las palabras están ahí, como los átomos.
Quiero verme en ellas hasta que pueda verme en ti.
22 de noviembre de 2016
Frío
La puerta separa dos fríos: el de fuera y el que dejan cuando se van, le dijo el corazón al alma.
El reloj y la cuerda
Siempre llegaba antes de la hora. Al colegio, a la cita con el médico, a las clases de música, al botellón, a su primera cita, al trabajo...
Cuando apareció el amor de su vida, ya estaba casada y tenía dos maravillosos hijos.
Cuando apareció el amor de su vida, ya estaba casada y tenía dos maravillosos hijos.
21 de noviembre de 2016
19 de noviembre de 2016
18 de noviembre de 2016
17 de noviembre de 2016
16 de noviembre de 2016
Pena debida
Que te desnuden el alma y los sentimientos te hagan marca.
Cada decepción se lleva un trocito de mí.
Cuando aparezcas por fin, no sé qué vas a encontrar, amor.
Razón y corazón
Las ideas sirven para simplificar. Las emociones, para
volcarlas sobre ese esquema simplificado, en función de lo que necesitemos
creer.
Te lo llevaste todo y ahora creo. Necesito crearme otra vez.
Te lo llevaste todo y ahora creo. Necesito crearme otra vez.
15 de noviembre de 2016
13 de noviembre de 2016
Hecho de menos
Creo que ganas
con este adiós
ya no me quedan
Descubrir
era contigo
y ahora todo
dice nada
Descubrirme
era empezarme,
y no esta mera sombra
inabarcable
10 de noviembre de 2016
9 de noviembre de 2016
Verbos
El tiempo pone a cada uno en su sitio. Él era imperfecto. Ella condicional. Decidieron no conjugarse y se convirtieron en adverbio de modo.
8 de noviembre de 2016
7 de noviembre de 2016
Estacionado
El otoño dejó caer un beso por su mejilla y la promesa de un invierno desnudo y cicatrizante. Los ingredientes para que brote la primavera.
6 de noviembre de 2016
Comunicando
Las gotas de lluvia
esperaban ser escuchadas,
el cajón de los recuerdos
revuelto y sin rastro
de felicidad
y la mirada perdida
de la infancia
31 de octubre de 2016
Nocturno
No es importante
la hora a la que empezó
mi noche
Las ganas de desaparecer
el vacío de sombras
de lo que un día fue.
La superstición
de saber casi todo
salvo si queda
algo
que no duela.
Uno entiende pronto
que tendrá que enterrar muchas cosas,
pero no que cargará con los fantasmas,
cadáveres de la confianza,
amores descompuestos,
tiesos, desfigurados.
El niño muerto, un beso,
mentira, tus pechos al descubierto,
Nietzsche y Rajoy se abrazan
y "no pienso sentirme culpable",
las mismas palabras mojadas,
aunque esta nube
nunca rompa
a llover.
Caí en la cuenta
atrás
de tu silencio,
un pozo
donde no hay deseo
y vago
apenas
solo
duermo
30 de octubre de 2016
A veces
Camina en dirección contraria a sus recuerdos y con la promesa de un libro en la mano. Ha sacado algo de su bolso, que también late, y llama con disimulo al gatito que se esconde bajo el viejo roble. Sus hambres se miran y se huyen como los niños y los charcos, que tienen que separarse para volver a sentirse. Están a un palmo y el gatito está a punto de llevarse a la boca la ofrenda cuando la mano danza suave hacia su cabeza, provocando otra danza de perfecta simetría huidiza.
Ssshhh, pequeñín, te dejo comer tranquilo. Y se incorpora levantando la vista, cruzándose con mi mirada, de perfecta simetría huidiza. Ssshhh...
Ssshhh, pequeñín, te dejo comer tranquilo. Y se incorpora levantando la vista, cruzándose con mi mirada, de perfecta simetría huidiza. Ssshhh...
19 de octubre de 2016
Bichos
He dejado boquiabiertos a algunos compañeros. Se coló una avispa en la oficina y la mayoría se ponen muy nerviosos. Una compañera incluso intentó matarla atizando con los papeles del trabajo, quizás para compartir el daño que le causan. Eso hizo que me levantara y ayudara a la avispa a salir por la ventana (confieso que la había visto, pero quería que les asustara un rato). Se ha hecho un poco la remolona, pero al final se ha posado en el estor. Le he ofrecido mi mano con suavidad y se ha subido a ella… y así de lentamente la he invitado a salir de esta pocilga, mientras daba agradables pasitos encima mío. Nadie contemplaba esa salida. Tampoco entienden que valore más esa vida que la de muchos de ell@s.
17 de octubre de 2016
All we had...
El cepillo de dientes apenas está usado. No sabe que va a morir joven. Tus carcajadas están por toda la casa pero suenan como las risas enlatadas de Big Bang Theory. La tele no tiene quien la mire porque no hay ganas de reírse de la tele. El paquete de esas galletas que te gustaban se lleva el premio al antianuncio del año. El piano está de espaldas y cabizbajo. Ese beso que me falta se acumula cada día como la ropa en el suelo. No duermo en la cama porque en el sofá no espero tus piernas abrazándome. Cambié tus ojos por la luna. Y me dice que dormir es un buen plan. Soñar... soñar era otra cosa.
16 de octubre de 2016
Es duro
Es duro recordar lo que nos dijimos y ver que ya no me haces caso.
El caso es que no te necesito, pero te echo de menos.
Y hecho de menos te veo en otras ropas, en otras parejas, en mi cama revuelta, devuelta, que me grita todo lo que nos quedó por hacer.
Incompleto como este manto de silencio que no quiero descubrir.
Nadie escucha lo maravillosa que eres. Nadie me responde que es duro recordar.
El caso es que no te necesito, pero te echo de menos.
Y hecho de menos te veo en otras ropas, en otras parejas, en mi cama revuelta, devuelta, que me grita todo lo que nos quedó por hacer.
Incompleto como este manto de silencio que no quiero descubrir.
Nadie escucha lo maravillosa que eres. Nadie me responde que es duro recordar.
11 de octubre de 2016
Heridas
Mientras observaba cómo el otoño desnudaba los árboles, se le ocurrió que todas esas heridas le protegían para que nunca dejara de ser quien era.
Impossible

Impossible

2 de octubre de 2016
Octubre
Tu
coche pasaba nuestras noches en esa calle que nadie mira, donde siempre había
sitio para dejarlo solo. Esa calle es lo primero que veo cada vez que arranco
en estas mañanas de después. Hago el recorrido al revés: me despierto sin
abrazarte, me levanto sin decir tonterías y me ducho sin haber sumado un beso; no me tomo mi vaso de zumo ni tus galletas sin azúcar y me molesta la luz y que
solo jueguen con el silencio esos estúpidos vecinos. Sin más paredes que las de
mi maldita cabeza, diciéndome las cosas de siempre pero también otras nuevas.
Como que no basta con saber de qué quieres huir.
24 de septiembre de 2016
Diario
- 24 de junio
Odio cuando la escucho reír.
- 23 de junio
No me habla, y lo prefiero.
- 13 de junio
Hoy tampoco me ha mirado. Entró en el despacho, junto a Marta y David, y cuando hice la gracieta de siempre ni siquiera se volvió, ni dijo nada. Que íbamos a ser amigos. Ya. Y que no me iba a odiar. Su horrible culo tampoco, supongo.
- 8 de junio
No paraba de reírse con el menda ese. Casi hasta la indignidad. Tan mal no parece estar. Igual este sí consigue que lo deje con su pareja.
- 1 de junio
Ha sido bonito. Nos hemos dicho las cosas que nos han gustado del otro en este tiempo. Lo que nos hemos aportado. Alguna pullita ha caído, pero en general muy bien.
- 27 de mayo
Dice que no para de llorar. Pero no puedo sentirme culpable. Esto no funcionaba, y tengo derecho a elegir otra vida.
- 22 de mayo
Se ha llevado con ella mi serotonina. No me apetece hablar ni quedar con nadie.
- 12 de mayo
Le dije que no a un café. La primera vez en los tres años que llevamos en la oficina. No quiero hablar con ella. No sé qué decir y cada vez es más incómodo.
- 9 de mayo
Hoy le mentí. Le respondí que no podía quedar porque tenía que llevar a mi madre al médico.
- 9 de abril
Pudimos vernos un rato, y otra vez esa sensación de que falta algo. Las conversaciones no llevan a ningún sitio. No es como antes, que éramos nosotros los que íbamos de un sitio a otro con las conversaciones.
- 3 de abril
Miré el calendario y en el último mes nos hemos podido ver dos veces. Diez o quince minutos cada vez. A escondidas, como siempre. Me está resultando muy difícil. Sobre todo eso de salir solo por la ciudad.
- 1 de diciembre
Mentiría si no digo que en el sexo nos va bien. Pero sigo pensando que no estoy al 100%. Estoy todo el tiempo inseguro y pendiente de si lo estoy haciendo bien. Me preocupa.
- 12 de octubre
El sexo está muy bien. Con ella es distinto. Puedo sentir más cosas. Trascender. Me parece que todo el sexo de antes de ella solo ha sido masturbación. Y eso que creo que falta algo para una conexión total. En cuanto vayamos perdiendo nervios y autoexigencias.
- 26 de septiembre
Me hace ver cosas de otra manera. Veo lo bueno donde antes no era capaz de verlo. Incluso en personas a las que habría matado si pudiera. Hoy me fijaba en su cuerpo. No es una preciosidad. Pero puedo ver sus bofetadas a la estética sexista como heridas de guerrera que eligió la maternidad y dar el tiempo a quien necesita de ti y no al gimnasio. Me da otra profundidad al mirar lo que me rodea. Quiero empezar de cero y hacer bien de una vez lo que no supe hacer antes.
- 23 de septiembre
Tengo más valor que nunca. Si le cuento mis miedos, desaparecen.
- 16 de septiembre
Las horas que estamos juntos las pasamos hablando, tocándonos, besándonos. Todo es la misma comunicación. Ensanchando juntos. Empiezo a creer que la felicidad existe. Que me da igual morir después de sentir esto.
- 13 de septiembre
Lo fácil que es sentirse completo, con todos tus males, cuando te escuchan y te entienden.
- 12 de septiembre
Le he robado un beso. El más bonito de mi vida. Labios cálidos y suaves, y envolventes... o eran los míos, no lo sé. No sé nada. Es fantástico.
- 1 de septiembre
Me ha mirado cuando la estaba mirando y casi se me sale el corazón del pecho.
20 de septiembre de 2016
En ninguna parte
Pasa una moto
con su macarrilla a cuestas
abochornada,
camina el silencio
por las promesas
de un edificio a medias,
un extraño cruza
la calle y quién sabe
qué mas cosas.
Como pasa la noche
sin tus chorradas,
tu carcajada malévola,
sin ti
y conmigo
en ninguna parte
con su macarrilla a cuestas
abochornada,
camina el silencio
por las promesas
de un edificio a medias,
un extraño cruza
la calle y quién sabe
qué mas cosas.
Como pasa la noche
sin tus chorradas,
tu carcajada malévola,
sin ti
y conmigo
en ninguna parte
21 de agosto de 2016
Olimpiadas
La idea de las olimpiadas nació en la Grecia antigua. Cada cuatro
años celebraban diversas pruebas deportivas con participantes de las
distintas ciudades. Y mientras duraban los juegos se daba una tregua a
todos los conflictos entre ellas. El mundo de hoy no tiene esa
deferencia. Al contrario, los Juegos Olímpicos son un gran escaparate de
nuestro mundo tal y como es. Los juegos nos enseñan a la pequeña Shang
Chunsong, una gimnasta china cuyo cuerpo lleva la huella
de la desnutrición infantil y que quiso ser la mejor para costear el
tratamiento que cure a su hermano, que su familia no puede pagar. Pero
también a los cinco niños de papá estadounidenses que denunciaron haber
sido atracados para esconder que estaban armándola tipo “Resacón en Las
Vegas” por las calles de Río. Nos muestra el bailecito que se marcaba el
haltera de Kiribati cada vez que levantaba la pesa. Luego supimos que
era un circo con el que llamar la atención de la situación imposible a
la que se enfrenta su pequeño país debido al calentamiento global.
Quizás el más aclamado ha sido Bolt, cuyas capacidades físicas son
únicas en esta especie, pero uno es tan grande como el enemigo que elige
y apenas podemos imaginar la gesta de Kimia Alizadeh Zenoorin para
llegar a ser la primera medallista iraní. Leímos con estupor que la
clavadista Ingrid de Oliveira echaba de su habitación a su pareja
femenina de salto para dedicar la noche anterior a su clasificación a un
participante brasileño de remo. No pareció importarle quedar última y
acabar la amistad con su compañera. Todo lo contrario de la velocista
saudí Kariman Abuljadayel, que hizo historia al quedar séptima en los
100 metros. Ella no pudo separarse de su familiar varón en toda su
estancia en Río y debió esconder todo su cuerpo durante la prueba.
Tampoco usó ninguno de los 450.000 condones que la organización
proporcionó a los participantes. Aunque para condón, la enorme malla de
policarbonato que se extendía sobre el yate de 6 estrellas que cobijaba a
los equipos de baloncesto de EEUU y les protegía de las balas y del
resto de participantes, no vaya a ser.
Con todas sus fronteras en pie, el mundo sigue siendo ese mar de fueguitos que decía Galeano.
Con todas sus fronteras en pie, el mundo sigue siendo ese mar de fueguitos que decía Galeano.
2 de agosto de 2016
Era eso
Detrás de todo ruido
hay un silencio que no calla.
Ajeno aullido
inseparable,
pan sin peces
multiplicándose.
Y si no lo oyes estás ciego
y dibujas melodías
con paleta de agua
sobre un lienzo encharcado
de ojos secos
que nunca deja de ser
un letrero
que grita
"Solo no puedo".
Pero esto no lo sabes
hasta encontrarlo en otros ojos
que no callan
sus derrotas ni su vuelo
y armonizan entrelazando
dos silencios.
hay un silencio que no calla.
Ajeno aullido
inseparable,
pan sin peces
multiplicándose.
Y si no lo oyes estás ciego
y dibujas melodías
con paleta de agua
sobre un lienzo encharcado
de ojos secos
que nunca deja de ser
un letrero
que grita
"Solo no puedo".
Pero esto no lo sabes
hasta encontrarlo en otros ojos
que no callan
sus derrotas ni su vuelo
y armonizan entrelazando
dos silencios.
14 de julio de 2016
Final feliz
- Quiero estar contigo, pero estoy metido en un abismo
- Pues hazme un hueco, que voy contigo
- ...
... Espera, espera, que salgo.
- Pues hazme un hueco, que voy contigo
- ...
... Espera, espera, que salgo.
21 de junio de 2016
No sé qué
Y tomo una curva
y otra.
Subo y bajo
inventando los caminos,
alejándome.
Desde aquí
todo es más bonito
o llevadero,
y más pequeño.
Por eso
subiendo por su cuerpo
he hecho el tuyo
de menos.
Pasando de puntillas
como los recuerdos
que nos hacen
imaginarnos
cuando
ya no estamos.
Cerca
pero no de ti.
Como no puede volver
una lágrima
que cae
por
la
mejilla.
Sin el suelo firme
de tu abrazo
y
con
la angustia
de después.
No distingo
oscuridad
y claridad,
empiezo otra vez.
Creo,
pero
no sé qué.
y otra.
Subo y bajo
inventando los caminos,
alejándome.
Desde aquí
todo es más bonito
o llevadero,
y más pequeño.
Por eso
subiendo por su cuerpo
he hecho el tuyo
de menos.
Pasando de puntillas
como los recuerdos
que nos hacen
imaginarnos
cuando
ya no estamos.
Cerca
pero no de ti.
Como no puede volver
una lágrima
que cae
por
la
mejilla.
Sin el suelo firme
de tu abrazo
y
con
la angustia
de después.
No distingo
oscuridad
y claridad,
empiezo otra vez.
Creo,
pero
no sé qué.
10 de junio de 2016
15 de mayo de 2016
Circle of life
Helado de vainilla con menta y confitura de guayaba. Cremoso de dulce de leche con tiras de chocolate negro. Stracciatela con sorpresa de frambuesa. Se llama Elizabeth la chica que pasa el paño impoluto por la vitrina. Deja brillante el deseo, expuesto a los transeúntes. Y el joven que camina mirando al interior de la tienda no puede apartar sus ojos. No será ella quien le devuelva la atención sino el hombre que espera junto al banco, con su carpeta y no sé cuántas promociones. Le dirá que lo siente pero que no tiene tiempo. Da igual que solo una de las dos afirmaciones sea cierta porque ambas se pierden bajo unas perfectas armonías, trazadas en tonalidades mayores, y con letras que nombran con agradecimiento a Jesucristo. Efectivamente, en una esquina del parque hay un grupo de personas repeinadas y sonrientes cantando. Como avanzadillas en el ataque salen parejas repartiendo octavillas a los transeúntes. No, gracias, no soy creyente. Y una leve risita. Claro, amigo, no pasa nada, responde uno. Pero el otro queda especialmente noqueado. No ha sido la respuesta, sino la sonrisa desinteresada, que le ha recordado a Brian. Cierto es que todo le recuerda a Brian, pero ahora ha podido ver la forma de su boca. Y en silencio vuelve a llevar al compañero de vuelta a la otra esquina del parque. A su paso bordean el estanque, ignorando que unos patitos van tras ellos, hambrientos. Y por fin llegan al teatro de títeres, que mantiene encendidas pequeñas sonrisas y enormes ojos expectantes.
11 de abril de 2016
Otro día más (relato breve raruno futurista)
- ¿Qué os parece, chicos? 17/7/8, el estado de mi salud es
prácticamente perfecto :)
- Tío, deja de beber leche de avena.
- Jajajaj, qué cabrón. Con ese frigorífico que tienes, no me
extraña que vivas solo.
- Marta quiere ver los libros que has leído.
- Cierro la sesión, muchachooooos!
- Hola, Marta ;)
Caramba, parece que estoy refugiado en mi propia casa, Pete, eres tú quien usas todas estas mierdas. Si te parece mal, abuelo… No, no, todo tuyo, de verdad, era un comentario, solo es que me llama la atención cómo vivís ahora. Seguro que en tus tiempos había otras chorradas como esta, abuelo. Seguramente, pero una nevera solo servía para guardar comida, y a nadie le interesaba lo que uno se tomaba. Otro día me cuentas más de cómo conocíais chicas, ahora, por favor, abuelo, déjame hablar con una chica que acabo de conocer, y… ¡parece que está como un queso! Hablar, ja ja ja, lo siento, hijo, no me puedo acostumbrar a tratar así a estas palabras, adelante chico, mucha suerte. Gracias, abu.
Amanece en la ventana del viejo Lyell. Para él es como una película. Apenas puede dormir tres o cuatro ratos por noche. Pero la luz le dice que es hora de levantarse. Lo primero que hace es abrir el armario y tocar una blusa morada. Unos pantalones negros. Un camisón. Es lo que necesita para empezar a funcionar. Lo siguiente, la ducha seca ultra rápida, que es lo único que le ha regalado el progreso. Mira el reloj y se apura en salir. Se me olvidaba. Necesita otra cosa. Ver cada mañana a los más pequeños entrar en los Centros de aprendizaje. Los observa mientras él también camina, porque el viejo Lyell no se puede estar quieto. En sus caras siente la ilusión por vivir lo que viene, sin saber qué es eso que viene. Todo es auténtico porque no se sienten observados. Cada día contagian algo al viejo que siempre sabía lo que iba a ocurrir pero que nunca ha sabido a dónde ir. Tiene ciento treinta y tres años y cada día que pasa está más confundido. Lo sé porque habla todo el rato con ella, en su cabeza.
Sus pasos le llevan al bar. Allí están ya Bob, Carl y Beth. Se necesitan mutuamente para recordar. Y para mantener con ellos a los que no están. Saben que, si se quedan solos mucho tiempo, se acabará todo. Es muy fácil encontrar una de esas pastillas. Otro triunfo de la libertad humana, rezan los dispensadores en las farmacias.
Caramba, parece que estoy refugiado en mi propia casa, Pete, eres tú quien usas todas estas mierdas. Si te parece mal, abuelo… No, no, todo tuyo, de verdad, era un comentario, solo es que me llama la atención cómo vivís ahora. Seguro que en tus tiempos había otras chorradas como esta, abuelo. Seguramente, pero una nevera solo servía para guardar comida, y a nadie le interesaba lo que uno se tomaba. Otro día me cuentas más de cómo conocíais chicas, ahora, por favor, abuelo, déjame hablar con una chica que acabo de conocer, y… ¡parece que está como un queso! Hablar, ja ja ja, lo siento, hijo, no me puedo acostumbrar a tratar así a estas palabras, adelante chico, mucha suerte. Gracias, abu.
Amanece en la ventana del viejo Lyell. Para él es como una película. Apenas puede dormir tres o cuatro ratos por noche. Pero la luz le dice que es hora de levantarse. Lo primero que hace es abrir el armario y tocar una blusa morada. Unos pantalones negros. Un camisón. Es lo que necesita para empezar a funcionar. Lo siguiente, la ducha seca ultra rápida, que es lo único que le ha regalado el progreso. Mira el reloj y se apura en salir. Se me olvidaba. Necesita otra cosa. Ver cada mañana a los más pequeños entrar en los Centros de aprendizaje. Los observa mientras él también camina, porque el viejo Lyell no se puede estar quieto. En sus caras siente la ilusión por vivir lo que viene, sin saber qué es eso que viene. Todo es auténtico porque no se sienten observados. Cada día contagian algo al viejo que siempre sabía lo que iba a ocurrir pero que nunca ha sabido a dónde ir. Tiene ciento treinta y tres años y cada día que pasa está más confundido. Lo sé porque habla todo el rato con ella, en su cabeza.
Sus pasos le llevan al bar. Allí están ya Bob, Carl y Beth. Se necesitan mutuamente para recordar. Y para mantener con ellos a los que no están. Saben que, si se quedan solos mucho tiempo, se acabará todo. Es muy fácil encontrar una de esas pastillas. Otro triunfo de la libertad humana, rezan los dispensadores en las farmacias.
Hoy hay una muchacha en la mesa del fondo trasteando con su
pantalla. Seguramente Bob ha entendido que debe ser algo de trabajo, porque
saca el tema de cuando ellos trabajaban. Mejor dicho, de cuando no trabajaban,
porque su tema preferido es el de las huelgas de antes de la guerra. Fue
entonces cuando forjaron su amistad. Sabían lo que venía y debían hacer todo lo
que estuviera en su mano. Organizar, dar la cara, debatir y tomar decisiones.
El chaval que acaba de entrar pide un cocktail muy raro. Se
lo bebe de un golpe y enciende su pantalla. Ellos se han callado. La red social
del chico se activa mostrando los resultados de su estado sanguíneo. Lucecitas
que se reflejan en su cara. Sale con una sonrisa. No es que se hayan callado para
evitar hablar de la guerra o de las huelgas que hicieron. Saben que los
adolescentes no tienen ni idea de que hubo una guerra y los chivatazos ya les
dan igual. Desde que todos los datos se guardan, ellos no pueden trabajar.
Aunque alguien quisiera contratarles. Se callaron solo por estupefacción. La
muchacha del fondo activa el teléfono. Empieza a hablar tonterías con una
dulzura que les sobrecoge. Sin duda, un bebé está al otro lado. Se sienten bien
al saber que no es como las demás.
¿Ya estás aquí, Pete? Sí, abuelo, esa Marta no era lo que esperaba. ¿Una de esas SX2? Sí. Pero ¿no es eso lo que buscas? Pues ya no, abuelo... creí que era una chica normal y me hice ilusiones. Lo siento, hijo, la verdad es que no puedo ni pensar cómo me comportaría con una mujer modificada genéticamente únicamente para el placer sexual de un hombre, de cualquier hombre... es… es horrible. Empiezo a entenderte, abuelo. Pero creo que se te pasará pronto, desgraciadamente. Espero que sí, abuelo, que yo no tengo la culpa de cómo es esta sociedad y, como no me anime, me tendré que tomar otra de estas. Me voy a la cama, Pete, que ya sabes que yo no quiero saber nada de esas pastillas. Un beso, abuelo. Hasta mañana.
¿Ya estás aquí, Pete? Sí, abuelo, esa Marta no era lo que esperaba. ¿Una de esas SX2? Sí. Pero ¿no es eso lo que buscas? Pues ya no, abuelo... creí que era una chica normal y me hice ilusiones. Lo siento, hijo, la verdad es que no puedo ni pensar cómo me comportaría con una mujer modificada genéticamente únicamente para el placer sexual de un hombre, de cualquier hombre... es… es horrible. Empiezo a entenderte, abuelo. Pero creo que se te pasará pronto, desgraciadamente. Espero que sí, abuelo, que yo no tengo la culpa de cómo es esta sociedad y, como no me anime, me tendré que tomar otra de estas. Me voy a la cama, Pete, que ya sabes que yo no quiero saber nada de esas pastillas. Un beso, abuelo. Hasta mañana.
1 de abril de 2016
Irena Sandler
La mujer de la bata blanca guarda la jeringuilla en el doble fondo de su neceser. El bebé responde como todos los demás y tarda unos segundos en dormirse. Con mucho mimo, coloca esos seis meses de vida en un reconvertido botiquín. A medida que el pequeño mundo se cierra, el de Irena se hace inmenso. La mirada al cielo rogando que no se despierte. Aún no.
Siempre son dos los hombres en el control. Son los primeros, porque nunca se sabe cuántos hay después. Con su pistola racial al cinto y una mente cargada de privilegios. Nadie puede escapar de ellos. Pero la mujer que se acerca es la enfermera de todos los días. Sus miradas dejan claro que un soldado no puede prohibir al tifus salir del gueto. Y también que, si la descubren, está muerta.
Y de la muerte arranca Irena a otro bebé judío, que vivirá en casa de los Preisner. Hoy ha caído el régimen. Al menos, para la pequeña Elzbieta.
Siempre son dos los hombres en el control. Son los primeros, porque nunca se sabe cuántos hay después. Con su pistola racial al cinto y una mente cargada de privilegios. Nadie puede escapar de ellos. Pero la mujer que se acerca es la enfermera de todos los días. Sus miradas dejan claro que un soldado no puede prohibir al tifus salir del gueto. Y también que, si la descubren, está muerta.
Y de la muerte arranca Irena a otro bebé judío, que vivirá en casa de los Preisner. Hoy ha caído el régimen. Al menos, para la pequeña Elzbieta.
30 de marzo de 2016
Era de la depresión. Un ensayo sobre el miedo
Los medios hablaban hace unos días de “generación enferma”. Debido a la llamada "crisis" económica, que no es más que otra vuelta de tuerca en las relaciones de producción capitalistas, los jóvenes españoles están condenados al paro o a la precariedad. Como consecuencia, no pueden hacerse con el control de sus vidas y viven en una adolescencia permanente.
Por
otro lado, el INE publica el récord histórico de suicidios en España: diez diarios
durante el año 2014. Destaca la franja de edad que ronda los 50 años, que ya no
espera tener actividad laboral ni fuente de ingresos.
La
ansiedad, el miedo, el nihilismo y la depresión están vinculados a nuestra zona de
confort. Ya sea porque esa zona de confort se desmorona (ruptura sentimental,
certezas que se desvanecen, inestabilidad emocional...) o porque
algo externo te obliga a salir de ella de una manera que no contemplabas (bancarrota económica, muerte o trauma emocional que afecta a alguien cercano....)
Hasta
hace unos años, aceptábamos la idea optimista de progreso social según la cual
la generación siguiente viviría siempre un poco mejor que la de sus padres. Por
primera vez, los jóvenes que han vivido con sobreprotección familiar en el
hogar y han disfrutado de las bondades de la clase media se ven abocados a salir
de la zona de confort y vivir en la incertidumbre del contrato precario. Es
imposible la estabilidad económica y la planificación familiar. Y romper el
cascarón no es la consecuencia lógica de la juventud ni de las ganas de
emprender un camino propio sino que ha sido una fuerza externa la que ha roto
ese cascarón antes de tiempo.
De la misma manera, las personas que han quedado sin empleo tras una vida económicamente estable y aún no tienen edad para jubilarse, han visto derrumbarse su zona de confort.
La zona de confort no es algo malo. Lo conforma tu entorno más cercano, tu familia y amigos, tus habilidades, tu forma de vivir el placer... en general, todo con lo que te has montado tu existencia y que te hace sentir bien. El peligro es la comodidad y la mentalidad que te puede traer. Cuando sientes nervios y presión y tienes ganas de abandonar lo que estás haciendo porque no te ves capaz, estás en el límite de tu zona de confort. Sin arriesgarte a atravesar el límite no tomarás las riendas. A partir de ahí, vives en negativo y no puedes saber si seguir era lo que realmente querías. No vas a adquirir nuevas habilidades, ni a aprender a controlar el miedo, ni vas a conocer cómo reaccionas en situaciones de presión, para poder mejorar tu actitud.
Para comprender cómo es nuestro miedo o nuestra autodestrucción tenemos que plantearnos la manera en que funcionamos. Somos seres racionales. Esto significa que nos construimos a nosotros mismos. Aquí distingo dos tipos de pensamientos. El que realizamos para cambiar algo y el que realizamos para posicionarnos en la realidad. El primero es una llamada a la acción, el segundo es una llamada a la excusa, a la justificación por lo que no hacemos. Este es el que nos interesa aquí, porque es el que moldea la emoción que después vamos a utilizar para nuestra relación con los demás. Este ciclo "pensamiento positivo / pensamiento negativo > emoción > utilización de la emoción" es nuestra locomotora. La manera en que percibimos e interpretamos condiciona la emoción que se va a hacer fuerte en nosotros, y también el tercer paso: la utilización de nuestra emoción para luchar o para evitar esa realidad que percibimos.
De la misma manera, las personas que han quedado sin empleo tras una vida económicamente estable y aún no tienen edad para jubilarse, han visto derrumbarse su zona de confort.
La zona de confort no es algo malo. Lo conforma tu entorno más cercano, tu familia y amigos, tus habilidades, tu forma de vivir el placer... en general, todo con lo que te has montado tu existencia y que te hace sentir bien. El peligro es la comodidad y la mentalidad que te puede traer. Cuando sientes nervios y presión y tienes ganas de abandonar lo que estás haciendo porque no te ves capaz, estás en el límite de tu zona de confort. Sin arriesgarte a atravesar el límite no tomarás las riendas. A partir de ahí, vives en negativo y no puedes saber si seguir era lo que realmente querías. No vas a adquirir nuevas habilidades, ni a aprender a controlar el miedo, ni vas a conocer cómo reaccionas en situaciones de presión, para poder mejorar tu actitud.
Para comprender cómo es nuestro miedo o nuestra autodestrucción tenemos que plantearnos la manera en que funcionamos. Somos seres racionales. Esto significa que nos construimos a nosotros mismos. Aquí distingo dos tipos de pensamientos. El que realizamos para cambiar algo y el que realizamos para posicionarnos en la realidad. El primero es una llamada a la acción, el segundo es una llamada a la excusa, a la justificación por lo que no hacemos. Este es el que nos interesa aquí, porque es el que moldea la emoción que después vamos a utilizar para nuestra relación con los demás. Este ciclo "pensamiento positivo / pensamiento negativo > emoción > utilización de la emoción" es nuestra locomotora. La manera en que percibimos e interpretamos condiciona la emoción que se va a hacer fuerte en nosotros, y también el tercer paso: la utilización de nuestra emoción para luchar o para evitar esa realidad que percibimos.
El
miedo
La
libertad es la base de la vida humana. Pero la libertad precisa de dos
factores: primero, tener conocimiento y, después, voluntad de ejercer una de
esas opciones que ya conoces. Si no tienes capacidad de elección o tu voluntad
está anulada estás a merced del miedo. Tener miedo es lo contrario a vivir. Si eliges y tomas las riendas, te responsabilizas de lo que has elegido
y puedes vivir plenamente.
El
miedo no tiene contenido concreto: ocupa el espacio que no ocupa tu voluntad. Así,
cuantas menos cosas hagas, más miedos vas a tener. Si lo siguiente en tu vida
es hablar en público, el miedo hará fuertes todos los pensamientos que se te
pasen por la cabeza para que temas una mala exposición, quedarte en blanco o hacer
el ridículo más espantoso que se te ocurra... El miedo a hablar en público no se
cura con pastillas ni con otros pensamientos. El miedo a hablar en público se
cura hablando en público. El miedo a hablar con ella se cura hablando con ella. El miedo a pasar esa puerta se cura pasándola. Solo entonces te das cuenta de que el miedo potenciaba
todos tus pensamientos destructivos, alimentaba el drama sobre lo que te ocurre y lo que te ocurrirá, te llevaba a la interpretación distorsionada de lo que te rodea y
planteaba la necesidad de juicio de todo lo que haces. Enfrentar al miedo no es
entrar en su dialéctica. Cualquiera que haya sentido miedo a algo sabe que, a un
pensamiento basado en el miedo, le sigue otro. Que no vale de nada un
pensamiento que ponga en evidencia un miedo mientras no hayas ocupado el
espacio de tu voluntad y hayas pasado a actuar. Porque pronto saldrá otro
pensamiento negativo con el mismo fin: que renuncies a intentarlo. El miedo es la negación a un
avance para volver a tu zona de confort. ¿Cómo se pierde el miedo a hacer algo?
Desenmascarando el miedo (conocimiento) y haciéndolo (voluntad). Y olvídate de
si lo harás bien o mal. Solo está mal lo que evitas hacer por miedo.
Dicho de otra manera, el juicio sobre si algo está bien hecho o mal hecho responde a la necesidad de orgullo o de evitación. Las emociones buscan volver al espacio de confort o salir de un espacio que no nos gusta. Así dirigen nuestros pensamientos.
Conviene recordar que el orden social no tiene como prioridad acabar con el miedo. Precisamente porque, si tenemos miedo, reproducimos las ideas que han levantado ese mismo orden social. Sin voluntad propia es imposible el cuestionamiento de ningún orden.
Dicho de otra manera, el juicio sobre si algo está bien hecho o mal hecho responde a la necesidad de orgullo o de evitación. Las emociones buscan volver al espacio de confort o salir de un espacio que no nos gusta. Así dirigen nuestros pensamientos.
Conviene recordar que el orden social no tiene como prioridad acabar con el miedo. Precisamente porque, si tenemos miedo, reproducimos las ideas que han levantado ese mismo orden social. Sin voluntad propia es imposible el cuestionamiento de ningún orden.
Nihilismo,
muerte o injusticia como excusas
Para
quien tiene anulada la voluntad, es toda una tentación utilizar afirmaciones
como las basadas en el nihilismo, el miedo a la muerte, la idea de que el mal
es inherente al ser humano o la idea de que todo está perdido, para justificar
su inacción.
El nihilismo es la ausencia de fe en nada y la incapacidad de dar un valor distinto a unas cosas sobre otras. Creció sobre el vacío que dejó la muerte de Dios en la sociedad cristiana. Al acabar los grandes absolutos y las apacibles certezas, nos encontramos en un universo indiferente donde el bien y el mal dependen de nosotros. De hecho, todo pasa a depender de nosotros. Y, ciertamente, tener esa conciencia de nuestra libertad absoluta, de que cada uno edifica su historia sobre el vacío, es mucho peso.
El nihilismo es la ausencia de fe en nada y la incapacidad de dar un valor distinto a unas cosas sobre otras. Creció sobre el vacío que dejó la muerte de Dios en la sociedad cristiana. Al acabar los grandes absolutos y las apacibles certezas, nos encontramos en un universo indiferente donde el bien y el mal dependen de nosotros. De hecho, todo pasa a depender de nosotros. Y, ciertamente, tener esa conciencia de nuestra libertad absoluta, de que cada uno edifica su historia sobre el vacío, es mucho peso.
Ahora
bien, si aceptamos que ninguna cosa vale más que
otra para llevar nuestras emociones al sufrimiento,
estamos utilizando la afirmación para un fin, estamos instrumentalizando al nihilismo, convirtiéndolo en una excusa.
Imagino la visita al psicólogo. - Es que no puedo dejar de pensar que todos vamos a morir, que nada tiene sentido. - Sí, pero piensa que la vida tiene cosas buenas... - Es que me da igual lo que me diga, ¿no se da cuenta? Nada importa...!!
Podíamos haber elegido otra opción: vamos a morir y aquí no ha pasado nada. No hay un juicio final, podemos tirarnos toda la vida haciendo lo que nos gusta, cometiendo todo tipo de excesos y riéndonos de todos los demonios que no eran reales... Somos dueños de la emoción que ponemos sobre la oscuridad que hay en la existencia. Del grado que utilizamos y el fin con el que lo hacemos.
Y no es cierto que todo dé igual: sabemos que, cuanto más luchamos, más capacidad tenemos. Que no es lo mismo tener poco que tener mucho. Como decía Einstein, “si todo te da igual, es que estás haciendo mal la suma”. Por ejemplo, la evolución social nos ha dotado de más solidaridad y más empatía, a pesar de los dramas producidos por los sistemas económicos, que tienen su dinámica al margen de las decisiones de los seres humanos. Pensar que todo da igual es un pensamiento distorsionado por el miedo. Y el fin es, una vez más, no aceptar la responsabilidad que percibimos para mejorar y colaborar con nuestra sociedad, nuestra especie y la vida en general.
Ninguno
de estos problemas ocurrirían si viviéramos en soledad. Lo que ocurre es que,
al interactuar con los demás, percibimos presión acerca de lo que la sociedad
espera y también percibimos la necesidad de asumir responsabilidades. El nihilismo, la
muerte o la imposibilidad de tener ninguna certeza sobre lo que va a ocurrir dentro
de diez segundos, dos meses o tres años, no tienen nada que ver con tu sufrimiento
cuando lo estás utilizando para evitar asumir responsabilidades. La inacción es el estado infantil de
dependencia.
La vida es un regalo que nos obliga a ser valientes. Para ello debemos desenmascarar al miedo y eliminar la estupidez de los juicios y de los dramas utilizados para la inacción.
La vida es un regalo que nos obliga a ser valientes. Para ello debemos desenmascarar al miedo y eliminar la estupidez de los juicios y de los dramas utilizados para la inacción.
Ansiedad
y autodestrucción
La ansiedad
es una herramienta que nuestra biología nos ofrece para resolver mejor las
situaciones de riesgo. Pero nuestro organismo no distingue entre los distintos
riesgos. Si vemos un tigre que se acerca hacia nosotros, nuestro organismo
activa todos los resortes para reaccionar lo más rápidamente posible y
conseguir aumentar las probabilidades de salvación. Ahora bien, también desata
nuestra ansiedad cuando el peligro consiste en salir de la zona de confort. Y
ya hemos visto que, a veces, de la zona de confort nos echan y, otras veces,
nuestra zona de confort se desmorona. Nos guste o no, tenemos que dar una
respuesta. Y nuestro organismo, en estos casos, no ayuda mucho porque desata la
ansiedad cuando nuestra mente, con toda probabilidad, anda enzarzada en las
excusas y pretextos para no hacer nada. El resultado es el pensamiento
autodestructivo.
El
pensamiento autodestructivo responde a la necesidad primaria de huida. Es un
rechazo a la realidad y consiste en atacar a la realidad misma. Sin embargo, como sujetos, solo percibimos "una" realidad. En esos momentos uno no es consciente de que lo que quiere no es destruir su vida sino su vida
tal y como la tiene en ese momento.
El
contenido del pensamiento autodestructivo depende de la complejidad de nuestros
pensamientos y de la envergadura del cambio que se nos avecina. Lo bueno del
pensamiento autodestructivo es que señala exactamente lo que quieres porque
será eso lo que atacará. Ocurre exactamente igual que con la utilización del nihilismo
o del drama: es una reacción dirigida en contra de lo que estás construyendo.
No tiene valor por sí misma.
Si
estás vivo quiere decir que tienes un espacio que ocupar, aunque requiera de un esfuerzo. Si no lo haces, ese espacio lo ocupará tu propio miedo o la reproducción de lo que percibes que la sociedad espera que hay que hacer,
pensar, creer o decir. Y no tener tu propia actitud ante las distintas circunstancias es la peor forma de estar muerto. El miedo y la ansiedad no son nuestros enemigos. Debemos
convivir con ellos. Cada vez que subimos un nivel, que aceptamos una responsabilidad, experimentamos una sensación de presión, comprendemos que se nos va a exigir más. No debemos temerlo sino contemplarlo, escuchar su mensaje y apreciarlo como parte de la existencia.
Esta reflexión pretende ser una invitación a ponerse manos a la obra...
Esta reflexión pretende ser una invitación a ponerse manos a la obra...
23 de marzo de 2016
Llueve
Mientras se queja el cielo
y llora mi ventana
pienso
que solo es eso,
vivir,
con sus males
y tus vienes
y llora mi ventana
pienso
que solo es eso,
vivir,
con sus males
y tus vienes
22 de marzo de 2016
La construcción de la realidad
Es 22
de marzo de 2016 y la vida se para en Europa. Centramos nuestra mirada en
Bélgica y los atentados de integristas islámicos. Nos sentimos inseguros y
vulnerables. Necesitamos que algo o alguien nos devuelva la tranquilidad y la
seguridad de nuestra vida diaria. Y también necesitamos un culpable, para
encajar el desorden.
Lo
fácil es quedar a disposición de nuestros gobiernos, sin capacidad crítica. Cerrar
filas en torno al capitalismo, el cristianismo y la defensa de la OTAN a la que
pertenecemos. Y culpar al Islam o, al menos, alejarlo todo lo posible. Que
alguien haga algo (sabemos mirar para otro lado) que deje las cosas como
estaban.
Sin
embargo, también podemos atrevernos a cuestionar el relato oficial. Porque el relato
oficial siempre tiene un objetivo: hacer que las cosas sigan como están. Y
comprenderemos que nuestro país intervino activamente en la creación de ese
monstruo. Fue la llamada “Segunda guerra de Iraq” -a la que el gobierno español
azuzó-, con su infinita prepotencia y su improvisación militar, la que destruyó
el país más avanzado del lugar. A pesar de que entraba en nuestra definición de
dictadura, el Iraq de Saddam era un país laico y con derechos sociales. Había
represión y los chiíes estaban discriminados políticamente, pero no había
ningún enfrentamiento civil por la religión. Al caer Saddam, EEUU estableció un
sistema político donde se exacerbaron las diferencias religiosas y se permitió
el revanchismo chií. Si a eso le juntamos que los saudíes (aliados de EEUU y
Occidente) estaban financiando la creación del grupo terrorista más sanguinario
hasta la fecha con la intención de tener una fuerza de choque sunnita, la
combinación no tardó en funcionar: ninguna estructura del estado sunnita hizo
frente al avance del ISIS por el país. Turquía y EEUU, interesados en debilitar
a Siria, dejaron hacer en ese territorio tanto al ISIS como a Al Qaeda. En la
balanza entre Arabia Saudí, Turquía, Siria e ISIS, a EEUU le compensó dejar
crecer al monstruo. Por cierto, en lo que concierne a España, sabemos que el
año 2015 fue el récord de venta de armas a Arabia Saudí, y que la Corona tiene
amistad íntima con aquella dinastía en el poder.
Pues
ese monstruo volvió a golpear en Europa. Se nos parte el alma y grabamos la
fecha. Pero sabemos que donde más golpea el ISIS es en Turquía y, sobre todo,
en Siria, país destrozado en todos los sentidos. No sabemos decir una fecha de
ninguno de estos atentados. No interesa hacer un relato real, continuado, de
los hechos. Al contrario, se muestra la realidad occidental, por un lado, y la
musulmana, por otro. El efecto de esta visión simple es que el Islam ataca a Occidente.
El
corte en el relato es más cruel cuando se trata como terroristas a los
refugiados que huyen precisamente del ISIS, haciéndoles doblemente víctimas por
el hecho de ser musulmanes. Además, el relato oficial nos dice que son
demasiados y que no se puede hacer nada con ellos. Ni se ha vuelto a hablar de
los refugiados que iba a acoger España ni se habla de que solo Jordania, con
mucha menos riqueza y territorio que España, ha acogido a casi un millón.
La
realidad es una red de negocios cruzados en la que siempre ganan los vendedores
de armas y alguien logra ganar un mercado o enajenar un recurso natural... y
siempre perdemos los civiles de aquí y de allí, se justifican recortes y
deportaciones y aumenta la desconfianza y la mentalidad de guerra.
Seguimos
con el relato, con la construcción de la realidad, porque las noticias nos
hablan del histórico acuerdo entre Cuba y Estados Unidos. Miramos con los ojos
del simpático Obama cuando pide la libertad de los presos políticos y dice que
no se debe imponer un cambio de gobierno por la fuerza. Respondiendo a lo
segundo, Obama, premio Nobel de la Paz, ya tumbó al gobierno libio por la
fuerza. Y en cuanto a lo primero, la principal violación de derechos humanos en
suelo cubano se llama Guantánamo y es el lugar donde Obama tiene presas a
personas que no están sujetas a ninguna jurisdicción y, por tanto, no tienen
derecho alguno. Nos siguen contando que el estado cubano escucha a los
disidentes, como si no hubiéramos oído hablar del informe de Snowden. Sí, lo de
Cuba tiene rasgos evidentes de dictadura. Pero damos por buena la idea de
democracia que quiere exportar EEUU, con un sistema político que aquí estaría
considerado como financiación ilegal (papeles de Bárcenas aparte), basado en
las donaciones privadas de los “lobbys” a cambio de favores políticos. Si la
voluntad política depende de la inversión privada es imposible que exista la izquierda
ideológica. Como evidentemente ocurre en el sistema americano, donde es
imposible que un partido político asuma algo tan básico como la sanidad
gratuita.
Por
supuesto, no nos hablan del estado fallido colombiano o mexicano, ni de la corrupción
brasileña o peruana. Si está en la lista de buenos pagadores es una democracia.
En la lista de malos pagadores están Cuba y Venezuela. El relato de Venezuela aparece
insistentemente: hemos de creer que el tal “Leopoldo López” es un preso político.
No nos cuentan que instigó las revueltas que acabaron con 42 muertos y la quema
de sedes del partido en el gobierno. Tampoco nos cuentan que unos años antes
promovió el golpe de Estado cuyo gobierno recibió inmediatamente el apoyo del
gobierno Aznar. Otro ejemplo de construcción de la realidad en función de lo
que uno quiera creer.
Nos
hablan de un tuitero que es encarcelado por menospreciar a las víctimas. Que se
ha pasado tres pueblos por decir “no me da pena Miguel Angel Blanco, me da pena
la familia desahuciada por el banco”. Aquél era concejal del partido heredero
del régimen franquista, responsable de más de cien mil enterrados en fosas
comunes a lo largo del país y que, aún hoy, se niega a reparar su memoria. Es
obvio que hay un doble rasero entre las víctimas. El portavoz del partido dijo
en su momento que las familias de desaparecidos solo se acordaban de las
víctimas cuando había subvenciones. La justicia también expresa la relación de
fuerzas existente en una sociedad.
En este
sentido recuerdo el relato de la Guerra Civil. Durante los primeros años de la
socialdemocracia en España, se recuperó el relato en el que la izquierda de
aquellos años era la “democracia” y la “libertad” y el fascismo vino a
establecer una dictadura. Lo cierto es que, en 1934, la izquierda no aceptó la
victoria de la derecha en las urnas y llamó a la insurrección en varias partes
del país. Y esto no se asume desde la izquierda. La pregunta es: “si volviese a
ocurrir hoy que la extrema derecha entrase en el gobierno, ¿la izquierda lo permitiría?” Lo lógico es que esa respuesta sea “No”. Y aquí damos una vuelta
de tuerca a la palabra “democracia”, que también depende de la relación de
fuerzas. Es más, el concepto de democracia es simplemente una cuestión de
fuerza.
Lo vemos
actualmente en todos los partidos políticos españoles, en constante cambio
porque se resquebraja el régimen pactado en 1978. Quienes no tienen apoyos en
las cúpulas piden primarias. Si arriba no las tienen todas consigo dicen que
“es una irresponsabilidad”. Es como el derecho de autodeterminación de los
pueblos: si es para debilitar a mi enemigo, por favor, procedan en nombre de
los derechos humanos. Si es para fragmentar mi territorio nacional, la unidad
es irrenunciable.
Hablo
de estos ejemplos concretos para plantear el tema de cómo construimos la
realidad. El pensamiento responde a la necesidad de colocarnos en la realidad
de manera que nos dé un esquema más o menos agradable, donde la posición en la
que nos percibimos sea aceptable tal y como estamos viviendo. Percibimos
grandes categorías como la ideología, el género o la religión y buscamos en
cada una de ellas el lugar en el que nos identificamos. Ese lugar donde esté
bien lo que hemos hecho hasta la fecha y donde todo aquello que no hicimos no haya
sido por responsabilidad nuestra. Donde el mal es algo ajeno. Donde nos indignamos
ante lo que veamos injusto para identificarnos en el lado bueno, pero solo
hasta el momento en que implique hacer algo más. Por todo ello, nuestro
pensamiento depende de la posición en la que nos percibimos dentro de la
sociedad y depende de la relación de fuerzas existente, que es el tablero. Si
no tenemos conciencia crítica, nuestro pensamiento va a ser exactamente lo que
la maquinaria de este sistema quiere que pienses. Una máquina, al fin y al
cabo, solo existe para reproducir.
8 de marzo de 2016
Sábado
Es un sábado cualquiera. Émil decide escapar de la monotonía y, como uno de esos hámsters que por fin salen de la rueda, cierra la puerta de su casa y se ve en la calle. Es la calle de siempre, pero nota que ahora el aire es también suyo. Y el tiempo. Y que él decide por dónde va a seguir caminando.
Necesita sentirse libre y reclamar su porción del mundo. No ha decidido qué va a hacer porque va a surgir sobre la marcha. Quizás encuentre una interesante exposición. O una obra de teatro. Recuerda con entusiasmo la última obra que fue a ver. Fue con sus padres. Romeo y Julieta. La Compañía Nacional de Teatro utilizaba la música de la Michael Nyman Band como banda sonora. A Émil siempre le ha gustado más observar desde el anonimato que sentirse en el escenario. Y así se dirige por las calles que no ha transitado antes, esperando lo que le ofrezca la ciudad.
Se ha metido en la zona más conocida. Conocida por los demás, claro. Se cruza con turistas de dentro y de fuera del país. Personas que pasan un día especial por un sitio nuevo. Émil sigue caminando, observando y contemplando monumentos en los que no había caído antes. Edificios, calles, mimos, músicos. Los diferentes barrios. Un teatro llama su atención y observa la programación. Quizás la obra que empieza dentro de dos semanas.
Cuando lleva otro buen rato caminando se le ocurre parar a tomar algo. Probablemente, un café. Y así aprovechar la pausa para decidir por dónde seguir. En su lado de la acera aparece un local muy cuidado. Es una zona cara pero precisamente por eso espera encontrar lo que busca: que no haya mucho ruido ni mucha gente. Que pueda seguir pensando solo y que siga disfrutando de la calma y la contemplación.
Hay que bajar unas escaleras. Una chica muy agradable espera para saludar a los clientes. Vaya, piensa. Es un restaurante. ¿Uno solo, verdad? Y una sonrisa inmensa. Émil no sabe disimular. Por un momento piensa en salir corriendo porque la pregunta y la sonrisa le han abordado en su isla de la serenidad. Ese lugar donde las palabras se han ahogado y, a las pocas que siguen vivas, hay que acercarse a pescarlas. Está buscando la caña. Pero no tarda en desistir y finge que su intención era entrar a cenar en ese local que, efectivamente, parece bastante caro.
Le asignan mesa y se pone cómodo. Qué remedio. Otra chica se presenta, le deja la carta y se lleva la sonrisa. Gracias. No entiende la mayoría de los platos, aunque estén escritos en su idioma. Otro chico, de buen ver, está tomando nota en una mesa cercana. Émil se pone a leer la carta como cuando estudiaba. Le falta subrayar las ideas principales: el “cocarroi” es un entrante con verduras, el “wagyu” es de ternera, lo que lleva “crab” en el nombre es cangrejo, “kötbullar” son albóndigas...
La muchacha que le trajo la sonrisa le toma nota con mucha amabilidad. Tanta que a Émil, que no está acostumbrado a este trato, le llega a resultar molesto. Entonces siente la reacción de ella, que procura separarse un poco para no incomodarle. En ese momento entra en calor. Ya no está en la isla. Es un valle entre preciosas montañas. Émil es del norte y tiene sus preferencias. Al fondo nota el deshielo pero, aquí, la temperatura es muy agradable. El sonido del río preguntando qué va a beber. Vino, vino blanco. Ya que nos hemos puesto. Va a tocar tirar de tarjeta de crédito de todas las maneras. Los destellos en el agua de sus preciosos ojos verdes.
Está solo en la mesa. O quizás no. Está pensando en la simpática camarera. Imagina que le está diciendo que intenta escapar de su monotonía. Que no le va bien en el trabajo. Que tiene a la madre muy enferma en casa y hoy, por fin, ha llegado el relevo de uno de sus hermanos. La única mujer de la que está enamorado vive felizmente con su marido. Necesita ver algo distinto, algo nuevo. Sentir que él también puede descubrir algo y sentirse parte de ello. Aquello de mojarse bajo la lluvia. Oh, no... se descubre sonriendo. Solo. O eso creen.
Es ella. Con el entrante. Que aproveche, dos palabras con tal suavidad que se pierden donde Émil quiere. Gracias, apenas audible. Ahora tiene delante cuatro rollitos que se supone son vietnamitas y un platito con lechuga y unas hojas que parecen ser menta. Ya estamos. Seguro que hay un ritual que todo el mundo sabe menos yo. Mira alrededor y comprueba que hay dos mesas más esperando el primer plato. Quizás en alguna empiecen con lo mismo. Émil saca su móvil con interés, como si acabara de recibir un whatsapp. Esto va para rato. Cualquiera diría que espera una importante actualización de su broker. De hecho, se siente igual que cuando pasó por la zona de ejecutivos de la ciudad. Donde nadie mira al otro si no es para intimidarle y quedarse con su alma. Que su amiga simpática les lleve este mismo entrante, por favor.
Aparece la camarera y, lo que se dice rollitos, no lleva. Si supiera lo que va en esos platos lo diría, de verdad. Émil decide esperar a que los ojos verdes no ronden su sitio para hacer desaparecer uno por uno. Sin dejar de mirar a todos lados. ¿Habrá que comerse la lechuga? La lechuga siempre se deja. Además, no está aliñada. Empieza metiendo como puede una hoja de menta en el rollito. En unos segundos ha destrozado el rollito y se ha pringado las manos. No puede ser. Esta gente tiene que ser más elegante comiendo. Para el segundo se come la hoja de menta antes del rollito. Demasiado fuerte. Trata de compensar con un trozo de lechuga. A palo. El tercero lo sujeta con un trozo de cada verde y le parece lo más sensato. Por un momento, le gustaría que apareciese la camarera para que le viera. ¿Lo estoy haciendo bien, eh?
Ahora se siente paseando con ella por el bulevar que hace un rato le ha resultado tan agradable. Con ella parece más amplio aún. Y sigue contándole. Es que nunca he ido a restaurantes caros. Y tampoco conozco la cocina asiática. Ya sabes, los rollitos de siempre son los de primavera. Los de los chinos. En realidad es que nunca he sido demasiado sociable. Ni he tenido muchas novias a las que invitar a sitios así. Creo que tenía miedo. De qué, no lo sé realmente. De todo un poco, supongo. De llenar demasiado espacio. Que luego se va a quedar vacío. Un vacío que estarás obligado a llevar contigo. De no ser capaz de hacerlo bien. Y eso también lo vas a llevar contigo. Como ves, siempre he sido muy inseguro. Y de eso la culpa la tiene mi padre. Por su carácter y por cómo nos trataba. A mí lo que de verdad me gusta es contemplar. Observar lo que ocurre. Y luego contármelo de otra manera. Que me lleve a la calma y a aceptar todo lo que no me gusta.
Hola, perdona que interrumpa tus pensamientos. Su risa. Ahora es el niño que entraba en la tienda de chuches, repleta de figuras hechas con nubes de azúcar. Piruletas de mil colores, caramelitos con la forma de todas las frutas, ositos de goma, tiras de regaliz, pica – pica. Te traigo el plato fuerte: el Rouladen. Sonrisa. ¿Qué tal los rollitos? Perfectos. Que aproveche. Gracias... ¿Sabes? No quería haber entrado aquí. Pero me alegro de haberlo hecho.
Ojalá hubiera podido decir esa última frase.
Seguro que tiene novio. Como siempre. Las chicas guapas y simpáticas tienen novio. Y será también guapo y simpático. Y no se pondrá tan nervioso. Grandullón, con una de esas mandíbulas que tienen los guaperas de las pelis americanas. Con pelo, claro. Mucho pelo.
Ahora caminan por una de esas calles estrechas, antiguas y bastante descuidadas a las que Émil cayó, sin quererlo, una hora antes. Lo de la calvicie es por la epilepsia. La maldita medicación tiene ese efecto secundario. Todos los días, una pastillita. No, no, desde la adolescencia no volví a tener ataques.
No se ha enterado pero se ha comido todo ese montón de ternera y bacon. Cuando le pregunte la persona con la que se piensa, le dirá que todo era delicioso.
¿Tendrá alguna enfermedad? ¿Alguien a quien cuidar? ¿Dónde se esconderá cuando tiene miedo? ¿Cómo pelea contra las tinieblas que la acechan? Y ¿cuáles son esas tinieblas? Está atendiendo a una mesa que cae a su derecha y no le quita ojo, ensimismado. Cuando se gira, quizás porque se siente observada, ha cruzado su mirada con la de él.
Se siente mitad cazado, mitad encantado. Ella no parece darle ninguna importancia y sigue su recorrido por las mesas. La suya no es la siguiente.
El plato está vacío y el cuchillo cruzado con el tenedor a la mitad del plato. Hola, ¿ya hemos terminado, no? Sonrisa. Sí, y todo estaba perfecto. Ella mira a las mesas de alrededor. Él también. Y se da cuenta de que todos van muy elegantes. Ella le mira y sabe que le ha entendido, sin mediar palabra. Vuelve a sentirse entre montañas, tumbado a su lado. Un Sol que no quiere molestar, una brisa que quiere empujar adelante y nada más, la corriente que acompaña e invita al movimiento. ¿No querías estar aquí, verdad? Y otra sonrisa. Un sonido sordo de paredes que caen sin remedio. La desnudez que habla: ¿Y cuándo elegimos dónde estamos? A la camarera le gusta la respuesta. Y susurra Este sitio es horrible. Y tú no eres como los demás. Escalofrío.
No sabe cómo va a pedir la cuenta. Se ha sentido especial. Ha sentido miedo. Le gustaría dejarlo todo en un “Hasta luego” con su mejor sonrisa. Dejar la puerta abierta pero no pasar. Un sudor instantáneo al pensar qué ropa interior llevaba hoy. No te flipes, se dice. Se siente bien, que no es lo mismo que dentro. Y otra vez usa el comodín del móvil.
No quiere incomodarle. A su paso, deja cuidadosamente la bandeja con la cuenta y una toallita limpiamanos. Ahí te dejo la cuenta, dice, tuteando pero guardando las distancias.
Sale despacio hacia la puerta. Está buscando el contacto visual a cada paso que da. Finalmente, ella le mira. Hasta luego, dice con su mejor voz y su mejor tono. Intenta poner su media sonrisa y hace una especie de guiño... Buenas noches y muchas gracias. Émil sube las escaleras hacia la calle.
La calle es más ancha que antes. Por lo demás, es un sábado cualquiera.
Necesita sentirse libre y reclamar su porción del mundo. No ha decidido qué va a hacer porque va a surgir sobre la marcha. Quizás encuentre una interesante exposición. O una obra de teatro. Recuerda con entusiasmo la última obra que fue a ver. Fue con sus padres. Romeo y Julieta. La Compañía Nacional de Teatro utilizaba la música de la Michael Nyman Band como banda sonora. A Émil siempre le ha gustado más observar desde el anonimato que sentirse en el escenario. Y así se dirige por las calles que no ha transitado antes, esperando lo que le ofrezca la ciudad.
Se ha metido en la zona más conocida. Conocida por los demás, claro. Se cruza con turistas de dentro y de fuera del país. Personas que pasan un día especial por un sitio nuevo. Émil sigue caminando, observando y contemplando monumentos en los que no había caído antes. Edificios, calles, mimos, músicos. Los diferentes barrios. Un teatro llama su atención y observa la programación. Quizás la obra que empieza dentro de dos semanas.
Cuando lleva otro buen rato caminando se le ocurre parar a tomar algo. Probablemente, un café. Y así aprovechar la pausa para decidir por dónde seguir. En su lado de la acera aparece un local muy cuidado. Es una zona cara pero precisamente por eso espera encontrar lo que busca: que no haya mucho ruido ni mucha gente. Que pueda seguir pensando solo y que siga disfrutando de la calma y la contemplación.
Hay que bajar unas escaleras. Una chica muy agradable espera para saludar a los clientes. Vaya, piensa. Es un restaurante. ¿Uno solo, verdad? Y una sonrisa inmensa. Émil no sabe disimular. Por un momento piensa en salir corriendo porque la pregunta y la sonrisa le han abordado en su isla de la serenidad. Ese lugar donde las palabras se han ahogado y, a las pocas que siguen vivas, hay que acercarse a pescarlas. Está buscando la caña. Pero no tarda en desistir y finge que su intención era entrar a cenar en ese local que, efectivamente, parece bastante caro.
Le asignan mesa y se pone cómodo. Qué remedio. Otra chica se presenta, le deja la carta y se lleva la sonrisa. Gracias. No entiende la mayoría de los platos, aunque estén escritos en su idioma. Otro chico, de buen ver, está tomando nota en una mesa cercana. Émil se pone a leer la carta como cuando estudiaba. Le falta subrayar las ideas principales: el “cocarroi” es un entrante con verduras, el “wagyu” es de ternera, lo que lleva “crab” en el nombre es cangrejo, “kötbullar” son albóndigas...
La muchacha que le trajo la sonrisa le toma nota con mucha amabilidad. Tanta que a Émil, que no está acostumbrado a este trato, le llega a resultar molesto. Entonces siente la reacción de ella, que procura separarse un poco para no incomodarle. En ese momento entra en calor. Ya no está en la isla. Es un valle entre preciosas montañas. Émil es del norte y tiene sus preferencias. Al fondo nota el deshielo pero, aquí, la temperatura es muy agradable. El sonido del río preguntando qué va a beber. Vino, vino blanco. Ya que nos hemos puesto. Va a tocar tirar de tarjeta de crédito de todas las maneras. Los destellos en el agua de sus preciosos ojos verdes.
Está solo en la mesa. O quizás no. Está pensando en la simpática camarera. Imagina que le está diciendo que intenta escapar de su monotonía. Que no le va bien en el trabajo. Que tiene a la madre muy enferma en casa y hoy, por fin, ha llegado el relevo de uno de sus hermanos. La única mujer de la que está enamorado vive felizmente con su marido. Necesita ver algo distinto, algo nuevo. Sentir que él también puede descubrir algo y sentirse parte de ello. Aquello de mojarse bajo la lluvia. Oh, no... se descubre sonriendo. Solo. O eso creen.
Es ella. Con el entrante. Que aproveche, dos palabras con tal suavidad que se pierden donde Émil quiere. Gracias, apenas audible. Ahora tiene delante cuatro rollitos que se supone son vietnamitas y un platito con lechuga y unas hojas que parecen ser menta. Ya estamos. Seguro que hay un ritual que todo el mundo sabe menos yo. Mira alrededor y comprueba que hay dos mesas más esperando el primer plato. Quizás en alguna empiecen con lo mismo. Émil saca su móvil con interés, como si acabara de recibir un whatsapp. Esto va para rato. Cualquiera diría que espera una importante actualización de su broker. De hecho, se siente igual que cuando pasó por la zona de ejecutivos de la ciudad. Donde nadie mira al otro si no es para intimidarle y quedarse con su alma. Que su amiga simpática les lleve este mismo entrante, por favor.
Aparece la camarera y, lo que se dice rollitos, no lleva. Si supiera lo que va en esos platos lo diría, de verdad. Émil decide esperar a que los ojos verdes no ronden su sitio para hacer desaparecer uno por uno. Sin dejar de mirar a todos lados. ¿Habrá que comerse la lechuga? La lechuga siempre se deja. Además, no está aliñada. Empieza metiendo como puede una hoja de menta en el rollito. En unos segundos ha destrozado el rollito y se ha pringado las manos. No puede ser. Esta gente tiene que ser más elegante comiendo. Para el segundo se come la hoja de menta antes del rollito. Demasiado fuerte. Trata de compensar con un trozo de lechuga. A palo. El tercero lo sujeta con un trozo de cada verde y le parece lo más sensato. Por un momento, le gustaría que apareciese la camarera para que le viera. ¿Lo estoy haciendo bien, eh?
Ahora se siente paseando con ella por el bulevar que hace un rato le ha resultado tan agradable. Con ella parece más amplio aún. Y sigue contándole. Es que nunca he ido a restaurantes caros. Y tampoco conozco la cocina asiática. Ya sabes, los rollitos de siempre son los de primavera. Los de los chinos. En realidad es que nunca he sido demasiado sociable. Ni he tenido muchas novias a las que invitar a sitios así. Creo que tenía miedo. De qué, no lo sé realmente. De todo un poco, supongo. De llenar demasiado espacio. Que luego se va a quedar vacío. Un vacío que estarás obligado a llevar contigo. De no ser capaz de hacerlo bien. Y eso también lo vas a llevar contigo. Como ves, siempre he sido muy inseguro. Y de eso la culpa la tiene mi padre. Por su carácter y por cómo nos trataba. A mí lo que de verdad me gusta es contemplar. Observar lo que ocurre. Y luego contármelo de otra manera. Que me lleve a la calma y a aceptar todo lo que no me gusta.
Hola, perdona que interrumpa tus pensamientos. Su risa. Ahora es el niño que entraba en la tienda de chuches, repleta de figuras hechas con nubes de azúcar. Piruletas de mil colores, caramelitos con la forma de todas las frutas, ositos de goma, tiras de regaliz, pica – pica. Te traigo el plato fuerte: el Rouladen. Sonrisa. ¿Qué tal los rollitos? Perfectos. Que aproveche. Gracias... ¿Sabes? No quería haber entrado aquí. Pero me alegro de haberlo hecho.
Ojalá hubiera podido decir esa última frase.
Seguro que tiene novio. Como siempre. Las chicas guapas y simpáticas tienen novio. Y será también guapo y simpático. Y no se pondrá tan nervioso. Grandullón, con una de esas mandíbulas que tienen los guaperas de las pelis americanas. Con pelo, claro. Mucho pelo.
Ahora caminan por una de esas calles estrechas, antiguas y bastante descuidadas a las que Émil cayó, sin quererlo, una hora antes. Lo de la calvicie es por la epilepsia. La maldita medicación tiene ese efecto secundario. Todos los días, una pastillita. No, no, desde la adolescencia no volví a tener ataques.
No se ha enterado pero se ha comido todo ese montón de ternera y bacon. Cuando le pregunte la persona con la que se piensa, le dirá que todo era delicioso.
¿Tendrá alguna enfermedad? ¿Alguien a quien cuidar? ¿Dónde se esconderá cuando tiene miedo? ¿Cómo pelea contra las tinieblas que la acechan? Y ¿cuáles son esas tinieblas? Está atendiendo a una mesa que cae a su derecha y no le quita ojo, ensimismado. Cuando se gira, quizás porque se siente observada, ha cruzado su mirada con la de él.
Se siente mitad cazado, mitad encantado. Ella no parece darle ninguna importancia y sigue su recorrido por las mesas. La suya no es la siguiente.
El plato está vacío y el cuchillo cruzado con el tenedor a la mitad del plato. Hola, ¿ya hemos terminado, no? Sonrisa. Sí, y todo estaba perfecto. Ella mira a las mesas de alrededor. Él también. Y se da cuenta de que todos van muy elegantes. Ella le mira y sabe que le ha entendido, sin mediar palabra. Vuelve a sentirse entre montañas, tumbado a su lado. Un Sol que no quiere molestar, una brisa que quiere empujar adelante y nada más, la corriente que acompaña e invita al movimiento. ¿No querías estar aquí, verdad? Y otra sonrisa. Un sonido sordo de paredes que caen sin remedio. La desnudez que habla: ¿Y cuándo elegimos dónde estamos? A la camarera le gusta la respuesta. Y susurra Este sitio es horrible. Y tú no eres como los demás. Escalofrío.
No sabe cómo va a pedir la cuenta. Se ha sentido especial. Ha sentido miedo. Le gustaría dejarlo todo en un “Hasta luego” con su mejor sonrisa. Dejar la puerta abierta pero no pasar. Un sudor instantáneo al pensar qué ropa interior llevaba hoy. No te flipes, se dice. Se siente bien, que no es lo mismo que dentro. Y otra vez usa el comodín del móvil.
No quiere incomodarle. A su paso, deja cuidadosamente la bandeja con la cuenta y una toallita limpiamanos. Ahí te dejo la cuenta, dice, tuteando pero guardando las distancias.
Sale despacio hacia la puerta. Está buscando el contacto visual a cada paso que da. Finalmente, ella le mira. Hasta luego, dice con su mejor voz y su mejor tono. Intenta poner su media sonrisa y hace una especie de guiño... Buenas noches y muchas gracias. Émil sube las escaleras hacia la calle.
La calle es más ancha que antes. Por lo demás, es un sábado cualquiera.
28 de febrero de 2016
Negación
Como si no fuera lunes, salió a pasear por uno de esos pueblos con bonito casco histórico. Caminaba muy rápido pero intentando centrarse en los detalles. Un coche frente al castillo. Un señor mayor sentado sobre la piedra, observando en calma. Le resultó fácil imaginar a la persona que faltaba y se dio la razón pensando que, cuando das cariño, recibes cariño. A su paso, el Sol acariciaba al viejo castillo y creyó que sacar una foto le colocaría en un lugar más apacible. Pero sus manos temblorosas no dejaban quieto el móvil. Una mirada incómoda le hizo por fin sentirse identificado con alguien y accedió a seguir la indicación hacia la plaza, en busca de tranquilidad. De allí salía una pareja joven que se besaba sin reparo en medio de la calle. Separó la vista para fingir que no le había recordado nada y, en su huida, sus ojos encontraron una carnicería. Un enorme cuchillo partía en dos el cuerpo de un cordero y sus peores pensamientos tomaban otra vez su mente. La pierna separada del cuerpo como el lunes del calendario. Todos los días eran el día después de lo que había hecho con su jefe.
25 de enero de 2016
Nieve
Contaba Manuel Rivas que su madre, tras horas fregando las oficinas del Fénix Español, llegaba a casa, se quitaba las zapatillas y ponía la televisión. Una vez salió la imagen del Empire State Building y ella exclamó "pobre de la que tenga que fregar todo eso!".
Hoy nos cuenta la caja tonta que hay una tormenta de nieve en la Costa Este de los Estados Unidos. El folklore esquizofrénico hace una pausa entre el terror habitual y el miedo a vivir para enseñarnos al americano medio, o medio americano, sacando su equipo de ski para darse una vuelta de lo más cool por la calle de siempre.
Yo prefiero rebuscar en el "Refugio nocturno" de Brecht. "Me han contado que en Nueva York, en la esquina de la calle veintiséis con Broadway, en los meses de invierno, hay un hombre todas las noches que, rogando a los transeúntes, procura un refugio a los desamparados que allí se reúnen. Al mundo así no se le cambia. Las relaciones entre los hombres no se hacen mejores. No es esta la forma de hacer más corta la era de la explotación. Pero algunos hombres tienen cama por una noche. Durante toda una noche están resguardados del viento y la nieve a ellos destinada cae en la calle..."
Hoy nos cuenta la caja tonta que hay una tormenta de nieve en la Costa Este de los Estados Unidos. El folklore esquizofrénico hace una pausa entre el terror habitual y el miedo a vivir para enseñarnos al americano medio, o medio americano, sacando su equipo de ski para darse una vuelta de lo más cool por la calle de siempre.
Yo prefiero rebuscar en el "Refugio nocturno" de Brecht. "Me han contado que en Nueva York, en la esquina de la calle veintiséis con Broadway, en los meses de invierno, hay un hombre todas las noches que, rogando a los transeúntes, procura un refugio a los desamparados que allí se reúnen. Al mundo así no se le cambia. Las relaciones entre los hombres no se hacen mejores. No es esta la forma de hacer más corta la era de la explotación. Pero algunos hombres tienen cama por una noche. Durante toda una noche están resguardados del viento y la nieve a ellos destinada cae en la calle..."
22 de enero de 2016
Diego
Diego descubrió demasiado pronto que una misma calle lleva a sitios distintos. Y demasiado pronto quiso encontrar su propia salida.
A nosotros nos lo contó su muñeco Lucho. Como la ventana anunciando a Diego, su nota retrata nuestra sociedad. La rectitud del padre, los cuidados de la madre, la preocupación de la tía en paro, los caprichos del abuelo, el fracaso de todos.
A nosotros nos lo contó su muñeco Lucho. Como la ventana anunciando a Diego, su nota retrata nuestra sociedad. La rectitud del padre, los cuidados de la madre, la preocupación de la tía en paro, los caprichos del abuelo, el fracaso de todos.
Aunque hace tres meses de su muerte, con su nota en los medios Diego nace para nosotros. En las redes sociales brotan más notas, que solapan sus condolencias a las de David Bowie. Que si la culpa es de los profesores, de los niños malos, de internet... y lo único seguro es que, entre sus preciosas letras, faltaban muchas cosas.
10 de enero de 2016
Bombas
Toda época necesita su miedo. Y nuestro mundo decadente solo tiene espacio para la muerte y el fin del mundo. En el cine y en las series conviven el humor más simple y el dilema de salvar a la humanidad de todo tipo de amenazas. En las noticias asoma la bomba de Hidrógeno. Un país lejano, otra amenaza.
Bombas traen los combatientes de las nuevas empresas apocalípticas, bombas prometen nuestros gobernantes como respuesta, estalla una bomba emocional ante la imagen del niño sirio pasando hambre de todo, menos de bombas. Bomba despido, bomba lista de espera, bomba que trae el resultado de las Elecciones...
Pero la bomba H nos pone a otro nivel. El conocimiento humano utilizado para arrasar con toda vida existente, sin hacer diferencias. Conocemos muy poco de nuestro cerebro, no sabemos relacionarnos entre nosotros y despreciamos sistemáticamente al resto de vida del planeta. Pero sabemos forzar una explosión que consigue arrasar vida a la temperatura del núcleo del Sol, que es la madre de toda la vida del planeta. Los griegos tenían muchos menos datos cuando teorizaban sobre los átomos. Y no se les ocurriría pensar que, controlando la reacción de los átomos, se podría destruir todo alrededor. No hay creación sin destrucción como no hay avance sin miedo.
Dicen que las células empezaron a juntarse por el desamparo de la propia existencia. Algo así como un “tengo miedo” primigenio, un “no puedo yo sola” hizo que una célula se acercara a otra y ambas compartieran energía y capacidades. Amar para sobrevivir. Hoy que somos organismos compuestos de miles de millones de células en perfecta armonía seguimos diciendo, de una manera o de otra, que solos no podemos.
Pero hay células que se desvanecen sin encontrar a las otras. Corría la mañana del 9 de octubre de 2012 cuando una pequeña de apenas cuatro años era encontrada sin vida en las aguas de Melilla. El “tengo miedo” que Europa no quiere oír. La temperatura del núcleo del Sol. No sabemos por qué ninguno de los salvados alertó esa noche al equipo de salvamento de que faltaba una niña por recuperar. Y a día de hoy nadie ha reclamado el cuerpo de la pequeña de gorro azul. El color de nuestro planeta. Quizás por miedo a preguntar, quizás por la ingenuidad hacia un mundo que nunca reservó para ella más que el silencio de las células abandonadas. Nuestro silencio.
Bombas traen los combatientes de las nuevas empresas apocalípticas, bombas prometen nuestros gobernantes como respuesta, estalla una bomba emocional ante la imagen del niño sirio pasando hambre de todo, menos de bombas. Bomba despido, bomba lista de espera, bomba que trae el resultado de las Elecciones...
Pero la bomba H nos pone a otro nivel. El conocimiento humano utilizado para arrasar con toda vida existente, sin hacer diferencias. Conocemos muy poco de nuestro cerebro, no sabemos relacionarnos entre nosotros y despreciamos sistemáticamente al resto de vida del planeta. Pero sabemos forzar una explosión que consigue arrasar vida a la temperatura del núcleo del Sol, que es la madre de toda la vida del planeta. Los griegos tenían muchos menos datos cuando teorizaban sobre los átomos. Y no se les ocurriría pensar que, controlando la reacción de los átomos, se podría destruir todo alrededor. No hay creación sin destrucción como no hay avance sin miedo.
Dicen que las células empezaron a juntarse por el desamparo de la propia existencia. Algo así como un “tengo miedo” primigenio, un “no puedo yo sola” hizo que una célula se acercara a otra y ambas compartieran energía y capacidades. Amar para sobrevivir. Hoy que somos organismos compuestos de miles de millones de células en perfecta armonía seguimos diciendo, de una manera o de otra, que solos no podemos.
Pero hay células que se desvanecen sin encontrar a las otras. Corría la mañana del 9 de octubre de 2012 cuando una pequeña de apenas cuatro años era encontrada sin vida en las aguas de Melilla. El “tengo miedo” que Europa no quiere oír. La temperatura del núcleo del Sol. No sabemos por qué ninguno de los salvados alertó esa noche al equipo de salvamento de que faltaba una niña por recuperar. Y a día de hoy nadie ha reclamado el cuerpo de la pequeña de gorro azul. El color de nuestro planeta. Quizás por miedo a preguntar, quizás por la ingenuidad hacia un mundo que nunca reservó para ella más que el silencio de las células abandonadas. Nuestro silencio.
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